7 feb. 2020

Entre el Super Bowl y el discurso de Trump

Por Julio A. Muriente Pérez | MINH

Mientras me disponía a escribir unas líneas sobre el Super Bowl, apareció en escena Donald Trump la otra noche, hablándole a una audiencia cautiva de senadores y representantes, demócratas y republicanos, afectos y desafectos, y a quienes tuvieron (tuvimos) la paciencia de verle y escucharle por televisión. Yo le vi y le escuché, siguiendo una tradición añeja —a la que siento que motiva cierta sabiduría- de enterarme lo más directa y claramente posible de lo que piensa, siente y opina el adversario, sobre todo si se trata de un adversario que tiene arsenales atómicos y otros armamentos increíbles y, sobre todo, la intención de darles uso indiscriminadamente. Y que, además, es “nuestro” presidente.


No es sobre el partido de fútbol americano que quisiera opinar. Por principio de cuentas ese “deporte” tan rudo y violento no goza de mi particular simpatía. Qué bueno que aquí casi nadie lo practica y que, en todo caso el deporte de más auge en Puerto Rico en las pasadas décadas es el fútbol verdadero, el que algunos llaman “soccer”. Fueron los catorce minutos de intermedio los que provocaron un estremecimiento sísmico, cuyas réplicas han impactado en muchos sentidos.

Según quienes conocen de esas cosas, la audiencia televisiva de dicho evento alcanzó los 102 millones de personas. (Por cierto, muchos millones más que las que toleraron la hora y tanto de Trump en el Congreso). Vale decir que ese encuentro futbolístico forma parte de una suerte de cultura o tradición de la sociedad estadounidense, como el hotdog, la Coca Cola o el Chevrolet. Es ocasión singular para sentarse en familia a ver la bola ovalada ir y venir, los burrunazos, los anuncios de cinco millones de dólares el minuto y el intermedio musical.

Algo extraño e incomprensible ocurrió en esta ocasión. Aparecieron estas dos mujeres, para muchos de ellos el modelo típico de la “latin lover”, y se quedaron con el canto. Una, colombiana. La otra, puertorriqueña. Música, baile, acrobacia, sensualidad; y en un momento, claro, la bandera multiestrellada. No faltaba más. 

Pero, de repente y para sorpresa de los 102 millones de televidentes, apareció otra bandera, también azul, roja y blanca pero con una sola estrella, del mismo tamaño que la otra y como que tratada con más cariño por la cantante-bailarina-actriz—Jennifer López—que la portaba. Y luego una canción, que más que canción es una denuncia histórica—Born in the USA. Y una escenografía que evocaba el trato discriminatorio que reciben los inmigrantes en ese país. 

¿Qué bandera es esa, se preguntarían muchos televidentes? ¿La de Cuba? ¿Cómo les permiten cantar esa canción comunista? ¿Cómo se atreven a meterse en mi casa, a aprovechar este día de sosiego deportivo tan especial, para quitarme la calma? ¿Fue un operativo orquestado por Irán, en venganza por el asesinato del general Suleiman? ¿Puerto Rico, qué es eso, dónde queda, quiénes son esos insolentes?

Aquello fue un acto subversivo. Un genial operativo para entrar a las casas de decenas de millones de estadounidenses, plantar una bandera que no se supone que exista de un pueblo que no se supone que exista, ofrecer un discurso cantado y dejar plantada una simbología de denuncia. Pasarle por encima—y por debajo—al muro de Trump. Todo en 14 minutos. Solo le faltó dejar un grafiti en las paredes que dijera, ¡yo soy boricua, pa’ que tú lo sepas!

Y luego, el discurso de Trump. Habrá que comentar en más detalle sobre el mismo en otra ocasión. Por lo pronto, decir que fue la típica exposición arrogante de gran potencia todopoderosa, que puede disponer de la humanidad entera a su antojo. Un imperio tan omnipotente que será el primero en colocar su bandera en Marte, que doblegará a los indisciplinados en Nuestra América, que asesinará a todo desafecto, donde quiera que esté y con absoluta impunidad. Que levantará muros fronterizos y decidirá cada cosa. Que no se moverá una hoja en toda la Tierra sin su consentimiento. Que Estados Unidos va recuperando su grandeza y que —esa frase nos es familiar—lo mejor está por venir.

Sobre Puerto Rico -¡por favor!— ni una letra, aunque andaban por allá la gobernadora, invitada por la comisionada residente. 

Aunque sí, algún mensaje nos envió Trump, pero al día siguiente. Que de su maíz ni un grano, que nada de ayudas, que somos unos irresponsables, que aquí no hay más que corruptos, en fin…

Quizá fue una pataleta porque vio o le contaron los catorce minutos del intermedio del Super Bowl…

(El Nuevo Día)