31 ene. 2020

Nacionalismo y afrodescendencia

Por Aarón Gamaliel Ramos

El problema

Hace cerca de un lustro la Organización de Naciones Unidas proclamó el Decenio Internacional para los Afrodescendientes, que tendría lugar entre 2015-2024. Durante ese período se han llevado a cabo innumerables actividades educativas para llamar la atención a este importante problema que tienen aquellas sociedades donde hubo esclavización de seres humanos, incluyendo a nuestro país.  En esta tarde, quisiera contribuir al conjunto de actividades del decenio con el tema de la relación entre la construcción de la idea de la nación puertorriqueña y la cuestión afrodescendiente, sobre lo cual se habla muy poco.


Cuando inició el decenio, algunas personas interesadas en el tema plantearon la interrogante sobre la importancia histórica que le dieron las organizaciones políticas de Puerto Rico a la cuestión afrodescendiente, sobre todo aquellas que luchaban por construir una nación independiente. Había dos datos históricos inescapables detrás de la pregunta. Primero, que los primeros esfuerzos para fundar una nación desde la ruptura con colonialismo se llevaron a cabo en un medio histórico en el cual predominaba la esclavización de seres humanos como modo de crear riqueza. Es decir, los procesos independentistas en América se llevaron a cabo en un mundo de esclavizaciones. Segundo, se nos presentaba el hecho no menos importante que los protagonistas más destacados de las luchas independentistas en Puerto Rico, entre la segunda parte del siglo diecinueve y la primera mitad del veinte, fueron todos afrodescendientes.

Ramón Emeterio Betances, afrodescendiente de tez trigueña, tenía 46 años cuando se abolió la esclavitud en Puerto Rico; y Pedro Albizu Campos, hombre evidentemente negro, nació apenas dieciocho años luego de su abolición.  Betances fue, sin duda, el líder independentista más cercano al tema pues nació apenas tres décadas luego de finalizada la Revolución Francesa, cuando se tuvo que discutir la cuestión esclava a la luz de los principios igualitaristas proclamados por los revolucionarios franceses. Además, Betances residió durante varios años en la ciudad haitiana de Jacmel, que era un centro de debates intelectuales y políticos, donde siempre estuvo presente el tema de la racialización histórica que sufrieron los haitianos bajo el colonialismo francés.

Albizu también conoció la cuestión impuesta por los colonialismos, pues era un hombre evidentemente afrodescendiente, quien vivió en Estados Unidos a comienzos del siglo veinte, período de grandes luchas antirracistas, en las cuales estuvo presente el jamaiquino Marcus Garvey, quien había fundado un a filial de la Universal Negro Improvement Association (UNIA) en Nueva York y cuya voz resonó con fuerza en aquel medio histórico. Aunque no se conocen aun relaciones entre Garvey y Albizu, pienso que Albizu debió conocer la severa crítica de Garvey de las estructuras sociales racistas en Estados Unidos y el Caribe.

Concepción de Gracia también debió tener conciencia del discrimen racial, pues durante los conflictos de los años treinta en esa institución, las autoridades universitarias le colocaron el mote de “líder negro”, con lo cual, sin duda, no pretendían señalas apenas el color de su piel, sino el pretendido salvajismo de los que protestaban. Además, cuando vivió en Estados Unidos, participó en las luchas de puertorriqueños y afrodescendientes en esa ciudad, y tuvo una estrecha relación con importantes intelectuales que estudiaban la cuestión negra, por lo que no es posible suponer que estuvo ajeno a ella.

Aunque se habla muy poco sobre los efectos duraderos del racismo, nadie puede negar que, luego de la abolición de la esclavitud quedó en pie una estructura social racializada que preservó rasgos clave de aquella subordinación histórica, manifestados en ubicaciones y reconocimientos desiguales. Cuando comenzó el decenio, algunos puertorriqueños afrodescendientes se preguntaron acerca de la importancia de la presencia de las desigualdades raciales en el discurso independentista en el Caribe hispano, donde la presencia de afrodescendientes en las altas esferas de la sociedad fue exigua en el pasado y es menguada hoy.

La idea de la nación en el Caribe hispano

Es evidente que en las sociedades que fueron forjadas al calor de la esclavización humana, las personas afrodescendientes continuaron ocupando un lugar de inferioridad luego de las aboliciones legales de ese sistema de explotación del trabajo humano. A pesar de la presencia de personas negras en lugares elevados de la vida política, social y cultural es también innegable que la estructura social luego de las aboliciones preservó la relación que existía entre la pobreza y el color de los pobres, y el fuerte arraigo cultural de una estética que privilegiaba la perspectiva estética europea, entre otras marcas.

 Las dos últimas colonias de España vivieron realidades raciales contrastantes. Cuba, que es el país más cercano a nosotros, fue históricamente una colonia agroexportadora importante, con una clase social en la cima de la sociedad que estuvo fuertemente interesada en la preservación de la esclavitud. y que continuó cultivando el discrimen racial luego de finalizado ese sistema. A pesar de que el nacionalismo decimonónico cubano celebró la pertenencia de los criados en esas isla a la nación, era común que las ciudades cubanas, incluyendo La Habana, contaran con las plazas y parques que separaban a blancos y negros, lo que revelaba la continuidad del racismo en la concepción cubana de la nación.

La visión de que la población afrodescendiente debía permanecer marginalizada continuó siendo parte del modo de pensar de los criollos euro descendientes, y parte del modo dominante del pensamiento político en las colonias hispánicas durante el período pos-abolición. La rebelión en contra de la esclavitud en Haití fue fundamental en configurar el pensamiento sobre la nación de las clases dominantes del Caribe español. Por haber sido la primera colonia que quebró el espinazo del sistema esclavista, y por atreverse a construir la primera nación caribeña fuera del sistema colonial creado por los europeos, en el seno de las élites blancas se fue forjando una compleja reacción por su temor a lo que llamaron “enfrentamiento de razas”. Además, con la revolución anticolonial haitiana, en las colonias españolas se acentuó un discurso separaba a una Europa floreciente y de una África degradada.

Esta disyuntiva aparece con claridad en la conversación que se llevó a cabo entre el primer presidente de Haití, Alejandro Petion, y el libertador Simón Bolívar durante la reunión que ambos sostuvieron en Puerto Príncipe en 1816. Aunque la liberación de los afrodescendientes esclavizados no era una prioridad del proyecto de liberación de América, Petion puso como única condición de su apoyo la proclamación de la libertad de los esclavos en Venezuela y en todos los territorios liberados, cosa que fue posible como resultado de ese encuentro determinante.

El historiador cubano Manuel Moreno Fraginals narra una reveladora historia que muestra el lugar invisible que ocuparon los afrodescendientes en Cuba cuando este país atravesaba por un proceso de construcción de su proyecto de la nación. Nos dice Moreno que, habiendo sido abolida la esclavitud y finalizada la Guerra de los Diez se reunieron en la Sociedad Antropológica de Cuba varios miembros prestigiosos de la élite cubano de aquellos tiempos.

Casi todo su cuerpo directivo estaba integrado por médicos de altísima calificación, graduados en París. Por ejemplo, su presidente Luis Montané Dardé, además de alumno eminente en París, había sido discípulo y posteriormente compañero de trabajo de Paul Brocá (fundador de la Revue d’Anthropologie) y Ernest Théodore Hamy, fundador del Museo Antropológico del Trocadero, hoy Musée de l’Homme. En una reunión de hombres con esta jerarquía científica se planteó, como cuestión incidental, la definición de cubano. Y casi por unanimidad se dijo que era todo hombre blanco nacido en Cuba. Cuando esto ocurría ya había finalizado la Guerra de los Diez Años, en la cual muchos miles de negros y mulatos habían muerto luchando por la independencia de Cuba, y el general en jefe de las tropas cubanas era precisamente un mulato. 

Desde el punto de vista clasista, los afrodescendientes debían permanecer como seres de segunda, totalmente invisibles en el plano de la nación. De otra parte, la historiadora Aline Helg, quien ha estudiado las luchas independentistas en Cuba, muestra el desprecio de la elite blanca cubana hacia los soldados afrodescendientes que lucharon para liberar a Cuba. Es revelador el hecho que, obtenida la independencia de Cuba a principios del siglo xx, se manifestaron las tensiones en torno del tema negro, cuando un grupo de afrodescendientes cubanos, casi todos héroes de las luchas independentistas, intentaron que se escucharan sus reclamos de integración plena a la vida del país. En 1912, ya formada la República de Cuba, presidida por José Miguel Gómez, el veterano luchador afrodescendiente del Ejército Libertador, Evaristo Estenoz, organizó un partido político, —el Partido Independiente de Color— para luchar por los negros y mestizos, con varias exigencias, como los derechos obreros y ciudadanos, la instrucción pública para todos, la tierra para los campesinos y la abolición de la pena de muerte, que en su aplicación discriminaba contra la población negra.

Estenoz no era cualquier cubano, pues había sido teniente del Ejército Libertador Cubano durante la llamada Guerra Necesaria, entre 1895 y 1898. Sin embargo, las exigencias de ese partido, en cuya dirección había otros veteranos de la guerra de 1895, estaban fuera de la visión dominante sobre la nación cubana, que pintaba a Cuba como una nación sin divisiones étnico-raciales en su interior. Lo cierto es que en 1912, el gobierno cubano destruyó esta organización política, en una masacre que aun es objeto de investigación y de debate en ese país.

Puerto Rico, a diferencia de Cuba, nunca tuvo una economía agrarioexportadora como la cubana, ni contó con una fuerza de trabajo esclavizada de la magnitud de la de Cuba o la de Jamaica. Además, dada la precariedad económica de Puerto Rico, la población afrodescendiente en la base de la sociedad estuvo acompañada de muchos puertorriqueños empobrecidos de tez clara, lo que explica el alto nivel de mestizaje en Puerto Rico. Fue por esa razón que los abolicionistas nuestros quisieron separar el caso de Puerto Rico del de Cuba durante las audiencias ante la Junta de Información de 1866 en España, pues en Cuba hubo siempre una mayor resistencia a acabar con la esclavización humana, que fue el modo central de enriquecimiento de los poderosos. De hecho, uno de los argumentos esgrimidos por los abolicionistas Ruiz Belvis, Acosta y Quiñones, era de naturaleza demográfica: que en Puerto Rico la población negra libre era mayor que la esclavizada.

Aunque el proceso de distanciamiento social no ocurrió de igual forma en estas dos islas, a las personas negras de Cuba y de Puerto Rico se les hizo difícil quebrar las marcas simbólicas que les imprimió la esclavitud. Por ejemplo, en el Puerto Rico de principios del siglo xx fueron comunes los clubes sociales donde se congregaban puertorriqueños de piel blanca, quienes no admitían a puertorriqueños de piel negra, lo que desencadenó un separatismo recreativo marcado por la creación de clubes para afrodescendientes, bautizados reveladoramente como “clubes de segunda”.  En aquellos tiempos también estuvo arraigada la idea de que a los negros les correspondía ubicarse en su lugar.

Albizu y la afrodescendencia

Curiosamente, es la figura de Albizu la que más debate ha provocado, puesto que se trata del dirigente independentista con la piel más oscura de todos ellos, y al que le tocó dirigir una organización política repleta de afrodescendientes, pues no debe caber duda que el nacionalismo albizuista contó con significativo apoyo de los sectores desventajados del país. Frente a ese hecho, al historiador galés Gordon K. Lewis le parecía ridículo que los miembros del Partido Nacionalista, de quienes decía que eran mayoritariamente de ‘color’, destacaran su orgullo hispánico, lo que atribuía a que sentían vergüenza por su color, o “shame of color”, lo que Juan Manuel Carrión ha analizado en un interesante artículo sobre el asunto que nos ocupa.

Mi respuesta a esa interrogante es que, lejos de estar enajenado del racismo, los independentistas puertorriqueños reconocieron el problema y lo rechazaron, sin que ello fuese la pieza central de su agenda de luchas anticoloniales. Lewis tenía razón en su descripción de un nacionalismo con una presencia significativa de personas afrodescendientes; pero no entendió cabalmente la ausencia del tema negro, pues miraba la cuestión con los lentes con los cuales observaba el Caribe no hispano, que fue el principal ámbito de su atención en sus escritos sobre el Caribe.

Creo que es justo decir que, paradójicamente, fue Albizu quien más claro planteó la conexión entre el colonialismo y las divisiones en raza, pues repudiaba la construcción de la idea de que la humanidad estuviera dividida en razas, que fue primeramente eje del colonialismo español y luego del estadounidense. Aunque el racismo no es una constante en el pensamiento albizuista, en aquellos discursos políticos en los que se adentra en el tema se percibe su oposición a la utilización del vocablo “raza” como modo de distinguir a los seres humanos por el color de la piel. Más bien, Albizu vislumbra la raza como categoría que comprende a todos los seres humanos del mundo, como lo muestra Ricardo Mariani en un interesante ensayo sobre este asunto.

Movimiento y discurso

De todos modos, lo cierto es que las luchas independentistas en Puerto Rico no colocaron los efectos de la racialización en su temario de luchas, como tampoco este asunto fue parte de ningún otro movimiento político. Es decir, las consecuencias acumuladas de más de tres siglos de subordinación de gentes por su color quedaron fuera del discurso político puertorriqueño. A diferencia de muchos países de nuestra región en cuyas luchas por salir del colonialismo se destacó la racialización que hizo el colonialismo de sus poblaciones y las evidentes inferioridades de las personas negras en el ámbito de la convivencia social, la cuestión afrodescendiente ha permanecido relegada en el debate político puertorriqueño por más de un siglo.

El único texto más o menos extenso de una figura política sobre este tema que conozco es la colección de artículos que publicó José Celso Barbosa a principios del siglo veinte en el periódico El Tiempo, que en realidad dice muy poco sobre la cuestión racial en Puerto Rico pues Barbosa los dedicó a rebatir la idea de que la anexión de Puerto Rico a Estados Unidos traería consigo el racismo sobre nuestro pueblo que, según él, desconocía el problema. El propio Arturo Alfonso Schomburg, quien es una figura histórica venerada en el mundo afroestadounidense por su preocupación en torno de las contribuciones de los pueblos negros del mundo, habló muy poco sobre la cuestión negra en Puerto Rico, y nunca se interesó en regresar a Puerto Rico, dato que debería ser materia de investigación académica.

Mi conclusión sobre todo este debate es que la pregunta no ha sido bien planteada, pues considero que la incorporación de un asunto en el discurso político de cualquier país no depende de las querencias de un líder, sino de la fuerza de un movimiento social. La pregunta no es si Albizu movilizó a los afrodescendientes en torno de un proyecto de igualdad, sino por qué en Puerto Rico no se desarrolló una protesta masiva en torno de este problema.

Los líderes no inventan luchas aisladamente, sino que interpretan anhelos y se lanzan a proveerle dirección. Es decir, la pregunta no es si un líder político incorpora un cierto asunto en su discurso, sino mas bien, si lo asume o lo deja fuera frente a la existencia de un movimiento que lo ha colocado en el centro del debate político. Es en ese contexto que se puede determinar con precisión la conexión entre un proyecto de nación y los reclamos de sectores de un país que se sienten excluidos del mismo.

Es decir, los puertorriqueños y las puertorriqueñas hemos sido parte de un proceso de “racismo mediante ocultamiento”, pero no hemos logrado hasta ahora suficiente masa crítica para colocar el problema en la arena política, tanto como crítica a la racialización con la cual Estados Unidos ha manejado su colonia por más de un siglo, como desde la perspectiva la nación independiente que aspiramos construir. Contamos con un interesante y original estudio de Paul Cruz sobre los esfuerzos infructuosos que se llevaron a cabo a principios del siglo veinte para establecer una sección de la Universal Negro Improvement Association en Puerto Rico, como se había hecho en otros países hispanos de la región. No obstante este esfuerzo, la cuestión afrodescendiente no logró elevarse a la categoría de tema de debate público durante la primera mitad del siglo veinte.

En realidad, no estamos solos en este desafío. El ocultamiento de afrodescendientes e indígenas ha sido un rasgo común de la construcción de las naciones de nuestra América. Hay varios estudios que muestran la zona de precariedad social en la que ubican los indígenas de México, de Chile y del Perú, y los afrodescendientes en Brasil, Colombia y la costa caribeña de la América Central. En todos estos casos se evidencia el mismo patrón: una estructura social racializada, la reproducción de continua de una estética que coloca a los afrodescendientes e indígenas en una zona de inferioridad, las estéticas subterráneas de exclusión, e incluso la relación entre el discrimen racial y la salud. Considero que los movimientos que luchan por forjar una nación soberana deben estar atentos a las investigaciones realizadas en este campo y procurar incorporar el tema en sus narrativas y sus debates sobre el futuro de Puerto Rico.

Vivimos en la actualidad en un escenario mundial en el cual el tema de las diferencias al interior de la nación se ha colocado en un asunto insoslayable para los movimientos y los gobiernos. Incluso en la arena política del Puerto Rico de hoy, en la cual se celebra la inclusión de muchos grupos históricamente excluidos, el tema afrodescendiente brilla por su ausencia.

La cuestión negra se ha venido dilucidando en varios países de nuestra América, como Brasil, Cuba, Costa Rica, Colombia y otros lugares, donde también se ha puesto sobre la mesa la cuestión indígena. En Colombia, por ejemplo, las comunidades afrodescendientes convertidas en movimiento lograron una ruptura con la perspectiva hispánica que rigió durante siglos de historia en ese país mediante el reconocimiento por el Estado de la marginalidad de sus gentes y la inclusión de sus derechos en la constitución del país.

Además de las investigaciones académicas, que son ciertamente importantes, ya hay en Puerto Rico varias organizaciones laborando en el esfuerzo para que este tema se incluya en la crítica que se viene haciendo a las desigualdades heredadas del viejo colonialismo, y de las recientes, que surgen al calor de las nuevas formas de dominación y de exclusión. Estamos ciertamente atravesando por el período de visibilizar la desigualdad de los afrodescendientes en Puerto Rico, conscientes de que la nación se fortalece con la pluralidad de sus expresiones, no con el ocultamiento de las desigualdades en su interior.

En todo caso, y para finalizar, es claro que siempre hubo independentistas negros en todas nuestras luchas, yo diría que más que en cualquier otro campo ideológico, desde la revolución de Lares hasta nuestros días. Pero, la cuestión negra no parece haber entrado de lleno como discurso de luchas, pues siempre se habló de la nación como un proyecto sin colores, lo que tornaba ocultaba el color de los de abajo. Nos toca ahora colocarlo donde corresponde.


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Conferencia ofrecida por el doctor y catedrático Aarón Gamaliel Ramos en la actividad "A 70 años de la Revolución de Octubre" realizada el 20 de enero de 2020 en San Juan.