6 ene. 2020

El abuelo y los Reyes Magos

Por Vilma Soto Bermúdez | MINH

Hoy es día de los Reyes Magos en Puerto Rico y en muchos pueblos del mundo. Los recuerdos de la infancia se entremezclan con los de la adultez y me veo niña, adulta e independentista. Niña y soñadora de futuros; adultez de un pie allá donde vive la muerte y otro suspendido en el aire... Pero adulta o niña, siempre a mi lado mi inolvidable abuelo, sus poemas y los Reyes Magos en el cinturón de Orión.

Cuando niña allí estaba el abuelo mostrándome a Orión y su cinturón de tres estrellas.

-Son los Reyes Magos, decía mi viejo. Ese abuelo que se endulzaba mirando constelaciones mientras me recitaba algún poema --recostado en la baranda del balcón-- de otro puertorriqueño que ya tenía su estrella en la frente: la de nuestra bandera.

-¿Ya buscaste la yerba para los camellos?, me preguntaba.

Yo corría al patio trasero con una cajita vacía y la iba llenando de sueños coloridos. Colocaba la caja debajo de mi cama y a esperar ansiosa esa noche en que los Reyes de Oriente vendrían silenciosos con algún regalo para mí, que, aunque retaba los cánones establecidos en la casona, nunca me olvidaban en ese día.

En todas las casas se repetía el ritual…

Llegó mi adultez y con ella los hijos. Repetí cada año la hermosa tradición del abuelo.

-Miren, esa es la constelación de Orión… ¿ven las tres estrellas?... son los Reyes…

Esa noche esparcía meticulosamente por la casa la yerba que en su masticar dejaban atrás los camellos…

No les recitaba un poema, lo tenían escrito en un cartel en la pared… “No me dan pena los burgueses…”

En este tiempo de pie suspendido en el aire retorno al abuelo y a sus contradicciones. Por un lado, me recitaba de memoria poemas de José de Diego, paladín de la lucha de nuestra independencia todavía inconclusa, y por el otro, fue un recalcitrante defensor del anexionismo, bueno, lo fue hasta que el imperialismo también le dio su bofetada.

No me dijo nada. No tenía que decirme nada, yo entendía. Ya era adulta e independentista.

Un día regresé de la universidad y lo encontré postrado.

-Me están dejando morir…, me dijo casi sin voz. Lo llevé hasta el auto y fui rauda con él hacia el hospital.

El abuelo se fue a los pocos días; como pajarito acurrucado en mis brazos. Lo abracé y apreté fuerte, mientras la muerte hacía lo suyo…

En el día de Reyes lo recuerdo con alegría. Papi Salo sembró en mí lo que soy ahora: amante de la literatura y de mi bandera. Estoy segura de que cabalga en su estrella y me sonríe como todo un Rey Mago, desde allá lejos, desde Orión.