8 dic. 2019

Primarias presidenciales en Puerto Rico: trabajando para el enemigo

Por Julio A. Muriente Pérez
Dirigente del MINH

Cuando el Congreso de Estados Unidos decidió imponernos la ciudadanía de ese país a los puertorriqueños y puertorriqueñas, según establecido en el artículo cinco de la Ley Jones de 1917, dejó meridianamente claro que su intención no era precipitar un proceso de anexión. Que simplemente quería amarrar a futuro a su colonia caribeña, pero nada más. Así fue precisado en el Diario de Sesiones del Congreso, cuando se discutieron los pormenores de la Ley Jones, hace más de un siglo.


Quedaba claro que tal ciudadanía impuesta excluiría derechos fundamentales a la condición ciudadana en una república, sobre todo en materia electoral. La Constitución de Estados Unidos establece con precisión que solo podrán elegir o ser electos a los cargos en el gobierno de ese país --del presidente para abajo-- los ciudadanos estadounidenses de los estados. Y como Puerto Rico no es un estado sino una colonia, la ciudadanía de 1917 nos saca de ese juego electoral.

De esta situación son particularmente conscientes los compatriotas que aspiran a convertir a Puerto Rico en un estado de Estados Unidos. Ellos le llaman a esa condición híbrida “ciudadanía de segunda clase”. A decir verdad tienen razón, desde su perspectiva anexionista e integracionista. Pero no debiera ser así para quienes pensamos que somos un país distinto, una nación distinta, independentistas y no independentistas, que constituimos la mayoría de la población boricua.

Aunque parezca contradictorio con lo antes dicho, en Puerto Rico se celebran primarias para la elección de los candidatos a presidente de los partidos demócrata y republicano de Estados Unidos. Incluso existen sucursales microscópicas de esos partidos en nuestro país, que no tienen presencia ni pertinencia alguna en nuestra vida cotidiana. Excepto en año electoral y para organizar las mencionadas primarias.

Más aún, hace varios años la legislatura, entonces controlada por el Partido Nuevo Progresista (PNP), aprobó legislación por virtud de la cual el pueblo de Puerto Rico paga millones de dólares para la celebración de dichas primarias presidenciales. Así como lo lee. 

En las primarias presidenciales de 2016, se invirtió una altísima suma de dinero nuestro para que participara el 16 por ciento de la población inscrita, mientras miraba para el otro lado, como si no fuera con ellos, el 84 por ciento de los electores.

Entonces, ¿a quién habría de interesarle que el pueblo puertorriqueño participe en unas primarias en las que casi nadie participa —que se efectuarán el próximo 29 de marzo-- y envíe unos delegados a unas convenciones en Estados Unidos, si está meridianamente claro que, a fin de cuentas, no tenemos vela en ese entierro? ¿A quién habría de interesarle que juguemos ese juego de mentiritas, en el que la ciudadanía estadounidense achicada que nos impusieron en 1917 establece claramente que no formamos parte de ese club? ¿A quién le interesa jugar a ser lo que no somos? ¿A quiénes les place tanto ir a disfrazarse por unos días de rojo, blanco y azul y a exorcizarse en las mentadas convenciones?

Evidentemente, a quienes aspiran a que dejemos de ser puertorriqueños y nos convirtamos en estadounidenses. A quienes ven en aquella a su nación que reverencian emocionados, mientras reniegan y se avergüenzan de la nación puertorriqueña. A quienes diseñaron una reforma electoral que incluye un voto de embuste por el presidente de Estados Unidos para las elecciones de 2024, a sabiendas de que en materia de poderes, tal voto no vale ni el papel donde se marque. A los anexionistas. Sobre todo a su liderato, ansioso porque pisa y no arranca. 

A los mismos que en el falso plebiscito de 2017 obtuvieron un raquítico 22 por ciento de los votos, mientras casi el ochenta por ciento de los electores se abstuvieron incluyendo, por cierto, decenas de miles de electores del PNP. 

A nadie más. 

Los anexionistas, ese sector minoritario que sufre desde siempre una seria crisis existencial; que padece el trauma del amor no correspondido, que pretende a la cañona que el americano les complazca, mientras el americano no ha hecho otra cosa que despreciarlos y ningunearlos por largos ciento veintiún años. Quieren insertarnos a como dé lugar en la dinámica política estadounidense, como si fuéramos estadounidenses, que es en el fondo su aspiración. Paradójicamente, esa es la manera como dicen que quieren “descolonizar” a Puerto Rico. Destruyéndonos. 

Es preciso decir, categóricamente, que todo compatriota que se preste a jugar el juego de esas primarias extranjeras, le está sirviendo a los intereses antinacionales del anexionismo. Algo que uno podría entender de los anexionistas, pero de nadie más.

Al vincularse con la campaña presidencial de Bernie Sanders, la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz le está sirviendo a los intereses y propósitos del anexionismo que con tanta vehemencia ella dice rechazar.

Al vincularse a la campaña presidencial del demócrata Joe Biden, como se ha publicado recientemente, los estadolibristas Alejandro García Padilla, Rafael “Tatito” Hernández, José Nadal Power, José Román Abreu (alcalde PPD de San Lorenzo), Nelson Torres Yordan (alcalde PPD de Guayanilla), Carlos Bianchi, Ángel Matos, José “Conny” Varela, Javier Aponte Dalmau y José Aníbal Díaz Collazo, le están haciendo el juego —parece que con gran entusiasmo— al anexionismo que dicen rechazar. Es como si se gozaran en su proamericanismo colonial.

Cualquier independentista o verdadero anticolonialista o antianexionista que se preste para participar en las primarias presidenciales estadounidenses celebradas en Puerto Rico debe saber que estará trabajando para el enemigo de nuestra nación. Ello es simplemente inadmisible.

Cualquier compatriota que le adjudique credibilidad a los cantos de sirena con que quieren adormecernos los precandidatos presidenciales, como el listado de promesas de Biden publicado recientemente, caerá en la trampa una vez más. Todos, unos más, unos menos, son unos oportunistas a quienes nunca les hemos importado mucho, a no ser para su beneficio. 

Entre el sándwich que gustosamente se comió el demócrata Obama en Kasalta antes de recoger casi un millón de dólares para su campaña, a los rollos de papel toalla que humanitariamente nos lanzó el republicano Trump pocos días después de María.

Más claro no canta un gallo. O si se quiere, que no hay peor ciego que el que no quiere ver.


(Publicado en El Nuevo Día)