16 oct. 2019

¿Qué ganamos si el PPD gana las elecciones de 2020?

Por Julio A. Muriente Pérez | MINH

En el discurso ofrecido el domingo 14 de octubre en la asamblea general del Partido Popular Democrático (PPD), el presidente de esa organización, Aníbal José Torres, aseguró que su partido sacará a Puerto Rico de la crisis en que se encuentra actualmente. Advirtió —sin mayores explicaciones-- que esa podría ser la última oportunidad del PPD para recobrar el control de la administración del país y se refirió a lo que denominó “cuatro nuevos principios“ que según él, dirigirán esa organización; ninguno de los cuales, por cierto, supone novedad alguna. Mucho menos tienen naturaleza de principios. 


Según la reseña periodística publicada al día siguiente de la asamblea, al tocar el tema de la condición política del país (status) y el llamado desarrollo del Estado Libre Asociado (ELA), Torres lo tildó de tema divisorio e incómodo para su matrícula partidista.

La asamblea del PPD se celebró casi un año antes de las elecciones generales de noviembre de 2020. Por eso lo más relevante de la misma fue la presentación de cinco precandidatos a la gobernación, que deberán enfrentarse en primarias próximamente.

Dicha asamblea fue más bien un ejercicio de avivamiento dirigido a los miembros del corazón del rollo del PPD. Mucha fanfarria, pancartas y “selfies” con los precandidatos. Nada de análisis, debate ideológico o reflexión profunda. Mucho menos autocrítica, admisión de debilidades y flaquezas o reconocimiento de las limitaciones inherentes a ese partido y, sobre todo, al ELA. La forma típica de iniciar una campaña electoral en la colonia.

En ningún momento el liderato del PPD reconoce que esa crisis que aseguran que van a resolver es la crisis del ELA. Que se trata de una crisis estructural —y no circunstancial-- de un modelo económico y social que ha colapsado y que no soporta remiendos. Del modelo que ellos defienden como gato boca arriba como si fuera su criatura, cuando en realidad ha sido una de tantas imposiciones del Congreso de Estados Unidos sobre nuestro pueblo (Ley 600 de 1950). Que hoy más que nunca, el “desarrollo” del ELA es una fantasía, por su naturaleza pigmea y liliputense en materia de poderes políticos. Que la expresión “nosotros mandamos, ustedes obedecen” cargada de desprecio, nos la repiten cada día desde los centros de poder de Estados Unidos.

Despachan el tema del estatus como incómodo, porque les incomoda tener que reconocer que la precaria situación que enfrenta Puerto Rico desde hace años se debe justamente a la condición de inferioridad y subordinación política, económica y de todo tipo, en que ha vivido el país desde hace más de 121 años, y particularmente desde 1952.

La crisis del ELA cobró forma desde la década de 1970. A partir de entonces, el país se sostuvo precariamente, endeudándose hasta la coronilla y a fuerza de dependencia cuponera y de economía informal, legal e ilegal. Luego, al gobierno colonial no le quedó otra alternativa que declararse en quiebra. 

Había quebrado el ELA, que a la hora de su fundación fue presentado como el cuerno de la abundancia y la garantía de la felicidad permanente. 

Ante el desplome del ELA el Congreso de Estados Unidos, para que no quedara duda del carácter colonial de nuestra relación con ese país, lejos de ayudarnos a salir del pantanal en el que ellos mismos nos habían lanzado, nos impusieron una Junta de Control Fiscal para que se llevara hasta los clavos de la cruz y asegurara el pago de la deuda a los acreedores foráneos.

Es ese grupo impuesto de seis o siete personas el que toma las decisiones fundamentales en Puerto Rico sin encomendarse a nadie, desde hace más de dos años. Si pocos poderes o prerrogativas tenía la administración colonial, independientemente de qué partido la administre, con la Junta tiene menos. Ese es el problema de fondo.

¿Por qué tiene tanto interés el PPD en ganar las elecciones de noviembre próximo? ¿Por qué tanto afán por retomar el control de La Fortaleza? Sobre todo, ¿qué importancia podría tener semejante resultado electoral, si el PPD insiste en negar el origen de los profundos problemas en que se encuentra nuestra sociedad, y pretende resolverlo todo presentándonos cinco precandidatos, como si de precandidatos se tratara el asunto?

¿Para derrotar al PNP? ¿Y luego? ¿Para doblegarse ante la Junta y ante el Congreso y ante cualquier funcionario “federal” que aparezca por ahí?

¿Cómo se beneficiaría el pueblo puertorriqueño si triunfara el Partido Popular, aparte del deseo que pueda haber de darle un tutazo a la obsesión anexionista y acabar de hundir al PNP? 

¿Cómo es que nos van a sacar de la crisis si ellos son la crisis?

Dígasenos, por favor, cuál sería la novedad sustantiva de que ganara las elecciones de 2020 el partido político que históricamente ha sido el abanderado de la subordinación colonial que es el ELA, el promotor por excelencia del “americanismo” dependiente; que tiene tanto que ver con el desmadre en que nos encontramos y que no ofrece salidas porque simplemente no puede, porque tendría que renegar de su ser colonial y convertirse en algo superior. 

Nada de lo dicho aquí debiera sorprendernos. En cierto sentido, todas las cartas están sobre la mesa. Ya no hay margen de disimulo ni de falsas representaciones. El patriotismo del liderato del PPD es pequeño e insuficiente. Este pueblo va exigiendo cada vez más transparencia y honestidad. Que a cada cosa se le llame por su nombre y que se desista de una vez del juego camaleónico y de las falsas ilusiones.

Nadie se llame a engaños. Si el PPD gana las elecciones de noviembre de 2020, no habremos ganado nada. En lo sustantivo, en lo esencial, en lo que va más allá de Juan, María o José en tal o cual cargo gubernamental.

Porque no se trata de administrar, sino de mandar. De poder tomar decisiones libremente para hacer de Puerto Rico un mejor país. 

(Publicado en El Nuevo Día)