20 oct. 2019

Las guerras desmembradas (II) Ecuador: Apuntes a vuelo de cóndor sobre el buen vivir, el eje continental y la Pachamama

Por Antonio Maira

La insurrección popular e indígena en Ecuador contra el Presidente Lenín Moreno ha tenido, por el momento, un resultado incierto.


La sublevación en la que se integraron sectores pobres, estudiantes, obreros, campesinos e indígenas, en la capital, Quito, comenzó con un doble objetivo: la revocación del Decreto 883 por el que el Presidente había subido, con efecto a corto plazo, casi inmediato, el precio de los combustibles; y la caída por empuje popular del responsable de la situación: el propio Presidente Moreno. 

El Decreto acaba de ser revocado por un nuevo Decreto Presidencial: el 894, de efectos muy discutidos. El Presidente, sin embargo, se mantiene en su puesto. La impresión que dan los hechos, observados en conjunto, es que los movimientos en el retroceso de Moreno responden –además de al coraje y la resolución de las organizaciones políticas y sociales, y a su perseverancia en la resistencia-, a una reacción menos visible que la lucha abierta, planificada en alguno de los momentos más difíciles de la previsible y anunciada derrota de Lenín Moreno. 

El poder ha cedido cuando no tenía más remedio, ha “respondido” a la petición de diálogo, ha jugado con las organizaciones populares y con sus divisiones que conoce perfectamente, y ha viajado de Quito a Guayaquil y de Guayaquil a Quito para salir de la quema cuando era necesario, o para asesorarse con los poderes reales y consultar con quienes tienen más experiencia que él en el manejo de los motines: los organismos de la CIA en la embajada de los EEUU.

Una revuelta vigilada
Entre consultas, consejos y advertencias, Lenín Moreno ha utilizado la fuerza con gran dureza o ha realizado retiradas estratégicas para impedir males mayores. El proceso ha sido vigilado y evaluado por expertos. Ecuador, junto a Bolivia, se ha transformado en estos momentos en una pieza mayor en el ajedrez estratégico de la liberación o sumisión de América Latina. Por lo tanto, ambos países se han convertido también en el escenario de la próxima batalla de la lucha de los pueblos latinoamericanos y caribeños –incluidos los centroamericanos y Méjico-, contra los Estados Unidos y sus aliados, potencias neocoloniales en la zona. En esta batalla inmediata, antiimperialista y anticapitalista no podemos olvidar a Haití, la nación precursora, el segundo estado independiente de América, refugio y apoyo de Simón Bolívar. 

Las características del movimiento, en origen, eran de claro carácter insurreccional. El pueblo había salido a la calle y tanteaba su capacidad para acumular fuerzas y derribar al presidente. En Ecuador, la insurrección es un método bastante usual para derribar presidentes cuando el pueblo se siente traicionado o maltratado. Lenín se sabía y lo sabían traidor, y apretó las tuercas subiendo los precios de los combustibles –como primer eslabón de un “paquete neoliberal” dictado por el FMI-, y lanzando a la policía contra el pueblo. El Comunicado de la Red Civil Ecuatoriana. Expresa claramente la dinámica de los primeros enfrentamientos.

Tanteo entre el poder emergente y el constituido y apoyado por los EEUU 

Cada uno de los poderes en liza: el afirmado, pero débil, y el emergente muy fragmentado en principio, se tanteaban el uno al otro. El proceso iba a ser largo y los portavoces del movimiento anunciaban que no cejarían en sus empeños de acoso y derribo. 

El primer acto se había saldado con varios hechos casi simultáneos: la furia popular creciente; la intervención policial desproporcionada; la cerrazón del Presidente que demostraba la traición a su programa electoral y su entrega incondicional (salvo el plato de lentejas), al FMI y a la planificación económica que habían fijado los EEUU; y la huelga de transportistas afectados por la subida de precios del combustibles. Estos últimos, sobre todo los de mayor capacidad, temerosos de que el estallido y el enfrentamiento tomaran mayores proporciones se retiraron muy pronto de la pelea.

Una parte de este último sector de trasportistas, los más fuertes, rompería la huelga, justo cuando la situación se ponía brava. Otra huelga de mayores proporciones y objetivos más claros se sumaba al movimiento: la del sector indígena, fundamentalmente dirigido por la CONAIE.

Esta huelga era ya asunto más serio. De inmediato Incorporó varios elementos nuevos: las marchas hacia Quito y otras ciudades del centro y el este del país; la extensión de la revuelta a buena parte del territorio nacional por el corte de vías de comunicación: autovías, ferrocarriles, carreteras principales y secundarias, caminos y veredas para el transporte sobre animales o sobre carretas; ocupación de centros de poder municipal y desalojo de comisarías.

Hasta los ciegos podían ver la “mano invisible” del neoliberalismo salvaje

Llovía sobre mojado. El mandatario había violentado y violado las promesas electorales, inmediatamente después de su toma de posesión, asumiendo una política totalmente antagónica al servicio del FMI. Previamente había pedido un préstamo de 10.200 millones de dólares a cambio de medidas estructurales. El Presidente de Ecuador aceptó las condiciones fuertemente neoliberalizadoras que imponía el Fondo: reducción de los salarios de trabajadores, privatizaciones, reducción de los salarios y prestaciones sociales, liquidación hasta el mínimo del sector público. 

En lo que se refiere a la gasolina el aumento anunciado con fecha de aplicación fue del 120% , en cuanto al gasoil, en la gasolina alcanzó la cifra del 30%. Tal subida se trasladó inmediatamente al precio de los transportes y, en consecuencia, al de los alimentos y los productos de consumo diario. Afectó, como una gran ola devastadora a los precios de producción y a los salarios de los trabajadores y trabajadoras. La medida era el primer golpe directo del Fondo Monetario Internacional, que implicaba -ya de manera desembozada-, el comienzo público de su paquete “liberalizador”.

El sector público tenía que ser liquidado, el estado reducido y una parte considerable de los funcionarios echados al paro tras una etapa de reducción de contratos y horas de trabajo. El propio Moreno califico el estallido social como la “revolución de los zánganos”. Evidentemente, y por asunción completa del programa neoliberal, los “servicios de carácter social” serían reducidos al máximo -excepto en seguridad y defensa-, y las prestaciones en salud y educación serían comprimidas hasta un mínimo intolerable para los sectores más desfavorecidos. Buscando el apoyo de los sectores medios el presidente apoyó su discurso fondomonetarista en una versión catastrofista de la situación del país, centrada en el tamaño de la deuda y en su “nefasto” manejo de la misma por su antecesor Rafael Correa.

Correa que había sido combatido por el movimiento indígena -que sin embargo había aprobado la nueva Constitución- por su Ley de Aguas, interpretado por el sector indígena como una privatización de un recurso natural imprescindible para la vida, y por su política de extracción de recursos. 

No obstante, la política fuertemente social de Correa logró un fuerte apoyo popular que desarmó al movimiento indígena. Estas diferencias no eran demasiado importantes y no parecen serlo en estos momentos.

El Presidente de Guayaquil y del FMI

Moreno se había definido como un traidor a su propio grupo político, Alianza País, y optado claramente por la política de las élites de Ecuador cuyo centro geográfico de poder económico y de influencia y presión política es, y ha sido siempre, Guayaquil.

La política de Correa que había apostado por un frente político que mejorase claramente la situación de las clases populares, estaba siendo liquidada. Ante la fuerte resistencia del pueblo, desesperado por el “decretazo” y ya consciente de la relación entre éste y el paquete neoliberal de Moreno, el Gobierno optó por una represión sistemática y creciente. Moreno decretó el estado de excepción por 2 meses (rebajado a 1 por el Tribunal Supremo), y reprimió las protestas con extrema dureza.

En Quito -la capital-, el pueblo avanzaba paso a paso, haciendo retroceder a la policía que lanzaba sus vehículos blindados, sus policías y sus patrullas a caballo contra los manifestantes. En la orografía peculiar -con calles empinadas y callejones estrechos, en cuadrícula colonial-, de la parte vieja, hombres y mujeres de todas las edades esquivaban los ataques y anticipaban los movimientos policiales.

La resistencia en el corazón histórico de la segunda capital incaica se hacía empecinada y los asaltantes progresaban por los espacios que ganaban a la policía. Se hacía la unidad en la resistencia, la solidaridad de los combatientes y la revuelta.

Las cifras de la represión

El día 8 de octubre, Lenín Moreno decretó el “toque de queda” entre las 20.00 de la noche y las 05.00 de la madrugada en las cercanías de los edificios del gobierno.

En aquel momento, el pueblo había ya tomado varias gobernaciones.

La red de organizaciones de la Sociedad civil daba cuenta de una relación dramática. 8 muertos, 1500 heridos, 512 detenidos y más de 20 periodistas agredidos a partir de la represión por parte de las Fuerzas Armadas y la policía ecuatorianas.

En alguno de los vídeos se advierte un violento enfrentamiento entre patrullas de las FFAA, en defensa del pueblo, y patrullas policiales. Otro factor que disloca la política represiva de Moreno y la estrategia del Imperio en América Latina.

En algunas de las declaraciones de sus portavoces, la CONAIE se refiere a su negativa rotunda a ser manipulada por todos los partidos políticos, incluido el movimiento y los “líderes correistas”.

-Ante las fuertes coincidencias entre el Movimiento de Rafael Correa, “Alianza País”, y el movimiento indígena, basado en tres objetivos básicos: 

-Abolición de la política neoliberal dictada por el FMI y secundada por Lenín Moreno.

-cese del presidente por incapaz y traidor al pueblo.

- Participación simultánea en las luchas de las últimas semanas en las que participaron además otros sectores del pueblo ecuatoriano.

-Desde mi posición de apoyo y solidaridad con el Eje Continental Antiimperialista-, consciente de mi lejanía del conflicto, me atrevo a plantear las siguientes cuestiones que pueden ayudar a la victoria histórica contra el Imperialismo en su propio y primario escenario de dominación:

-La CONAIE y otras organizaciones del movimiento indígena deben llegar a un acuerdo sobre el cese inmediato del presidente Lenín Moreno y de su política pactada con el FMI y el Banco Mundial, que está liquidando todos los esfuerzos para realizar una política soberana al servicio de las grandes mayorías y con respeto de las naciones originales del pueblo ecuatoriano.

-Las organizaciones indígenas, obreras, campesinas, sindicales, de mujeres, las organizaciones sociales y partidos de izquierda, deben desarrollar un programa mínimo verdaderamente revolucionario que garantice un futuro socialista, igualitario, democrático y participativo.

-Las organizaciones políticas como Alianza País deben negociar, muy en serio, las demandas del pueblo indígena sobre el respeto a la Madre Tierra (la Pachamama) que sirva de referencia para la política de extracción de recursos naturales. 


(Tomado de CubaInformación)


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