2 oct. 2019

En el 70 Aniversario de la fundación de la República Popular China

Por Alejandro Torres Rivera | MINH

Introducción

De la historia de esa China popular, inmensa en población, cuyos habitantes sufrieron tanta hambre y desnutrición producto de años de pillaje y saqueo por parte de las potencias Occidentales se habla poco. Se conoce más esa China que hoy emerge como potencia económica industrial, militar, tecnológica y financiera, y que día a día amenaza con desbancar de sus posiciones en el tablero internacional a las principales potencias capitalistas en el mundo.


¿Cuáles fueron, sin embargo, los procesos políticos, económicos y sociales que discurrieron a lo largo de las pasadas siete décadas que han sido responsables de la transformación de este milenario país? ¿Cuáles han sido las consecuencias internas de estos procesos y cuáles son las luchas y los retos que hoy enfrenta la República Popular China? Para entender las posibles respuestas a esta interrogantes y posiblemente a otras igualmente importantes, es necesario remontarnos un poco en la historia moderna de este país.

La caída de monarquía y la llegada de la república

Al cierre del Siglo XIX, China era una monarquía en decadencia, una monarquía parasitaria en la cual el culto a la personalidad del monarca, a quien se consideraba un semidiós, era sostén ideológico para la opresión de su población. El poder de la monarquía tenía como pilares que la sostenían la ignorancia del pueblo, fundamentalmente del campesinado; el poder de los señores feudales y de los señores de la guerra en el campo; y el poder económico y militar que ejercían sobre ésta diversas potencias extranjeras como el Reino Unido de la Gran Bretaña, Portugal, Holanda, Bélgica, Estados Unidos, Francia y Alemania, particularmente a partir del “Acuerdo de Namking” de 1842 que puso fin a la “Guerra del Opio” desarrollada a partir de 1839.

La falta de una cohesión nacional que permitiera a su pueblo enfrentar de manera conjunta a las potencias extranjeras, al poder monárquico y a los señores de la guerra, sumió a China en un gran caos. A la altura de finales del siglo XIX, hablar de una China unida desde el punto de vista de integridad territorial era una quimera, por lo que uno de los objetivos que se trazó el movimiento nacionalista chino, abarcaba no sólo el propósito de desarrollar una revolución burguesa y antimonárquica, sino también, la lucha contra la opresión extranjera. China era, pues, un país esencialmente semi feudal y colonial.

El movimiento nacionalista desarrollado principalmente desde finales del Siglo XIX bajo la dirección del Doctor Sun Yat-sen, llevó eventualmente en 1911 al derrocamiento de la monarquía y a la proclamación de la República. A su regreso a China, el Doctor Sun Yat-sen, quien fundara en 1916 el Partido Nacionalista de China, también denominado como el “Kuomintang”, estableció acercamientos con el Partido Comunista de China que había sido fundado en 1921 en la Universidad de Pekín (hoy Beijing). Estos acercamientos, sin embargo, no dieron al traste con la injerencia de las potencias occidentales, ni con sus concesiones económicas obtenidas por éstas en China a partir de la “Guerra del Opio” y el antes mencionado Tratado de Nanking.

La muerte del Doctor Sun Yat-sen en 1925 allanó el camino al poder dentro del Kuomintang a su sucesor y yerno, Chiang Kai-shek, acérrimo militar anticomunista, quien eventualmente declaró la guerra al Partido Comunista.

Los enfrentamientos militares entre seguidores de ambas organizaciones y los triunfos iniciales del Kuomintang frente al Partido Comunista Chino llevaron al Ejército Popular de Liberación fundado por dicho Partido a una retirada estratégica en lo que se ha conocido como la “Gran Marcha” de la cual solo sobrevivió una décima parte de aquellos que la iniciaron. La invasión de Japón a China llevó eventualmente a una tregua entre ambas partes, transformado así la guerra civil que venía desarrollándose en una guerra de liberación nacional.

La ocupación de Japón en China

Desde la firma del Tratado de Versalles que puso fin a la Primera Guerra Mundial, Japón había logrado obtener importantes concesiones y privilegios comerciales en China, principalmente en la región de Manchuria. Es esa presencia japonesa la que promueve entre la población china un resentimiento gradual que toma forma muy temprano en el “Movimiento 4 de Mayo” desde el cual se dirigió, mediante las protestas de los estudiantes, la lucha en oposición a la presencia hegemónica japonesa en la región.

Manchuria por su riqueza en minerales como carbón, hierro, cobre, aluminio, manganeso y plomo, así como también por su agricultura y ganadería, era importante era la principal región exportadora, desde la cual se abastecía el mercado japonés. Con una población estimada a comienzos de 1930 en 50 millones de habitantes y con 800 mil kilómetros cuadrados de territorio, ya para 1931 la región había pasado a convertirse en un protectorado del Japón.

Los incidentes ocurridos en el Ferrocarril del Sur, perteneciente al capital japonés y la colocación de explosivos en las vías del ferrocarril, marcó la excusa para la invasión y ocupación militar japonesa de Manchuria en 1932. Ocupada la región, el Reino del Japón proclamó allí el Gran Estado Manchú procediendo a designar Emperador al último emperador de la Dinastía Qing, proclamando de esta manera la seudoindependencia de Manchuria con relación al resto China. Utilizando el gobierno títere allí establecido bajo nombre del Reino Manchuko, Japón sometió virtualmente a la esclavitud a cerca de 5 millones de chinos, destinándolos a trabajos forzados como parte de su esfuerzo de guerra en el continente asiático. Mientras desarrollaba su política imperialista en la región, Japón inició un proceso de transferencia de población japonesa a Manchuria, que al finalizar la Segunda Guerra Mundial en 1945 ya ascendía a 850 mil personas.

En 1937 surge un confuso incidente en las cercanías de Pekín sobre el Puente Marco Polo. Entre los días 7 y 8 de julio se produjeron enfrentamientos entre soldados chinos y japoneses. Un fuerte bombardeo culminará con un feroz ataque total japonés sobre Pekín logrando su capitulación el día 29 de julio. Decenas de chinos, entre ellos muchos comunistas, fallecieron en ciudades como Pekín y Shanghai, teniendo como resultado la capitulación de China ante el invasor japonés.

La derrota china y el avance incontenible de Japón dentro de su territorio llevó al Mariscal Zhang Xueliang a arrestar al general Chiang Kai Shek forzando una tregua en la guerra con el Partido Comunista para así concentrar por separado esfuerzos militares en la derrota de Japón. Aceptado el pacto, los comunistas chinos desarrollaron en las zonas bajo su control, con el apoyo de la URSS, su propio estado político dentro del Estado chino, estableciendo en las zonas controladas por estos un “gobierno soviético” y fortaleciendo su capacidad militar.

Concluida la Segunda Guerra Mundial en 1945 con la capitulación del Japón, como resultado del incumplimiento por parte del Kuomintang de los acuerdos previamente alcanzados con el Partido Comunista Chino, se inició una vez más la guerra civil entre nacionalistas y comunistas. Esta concluye el 1 de octubre de 1949 con la victoria del PCCh y la retirada de los restos de las fuerzas militares del Kuomintang a la isla de Taiwan, también conocida como Formosa.

La fundación y desarrollo político de la República Popular China: las primeras décadas

Los primeros años de gobierno del PCCh fueron dedicados a consolidar el país, iniciar el proceso de construcción y reconstrucción de su economía, consolidar las estructuras del nuevo régimen y desarticular la resistencia interna en múltiples focos de resistencia que aún mantenía el Kuomintang en el interior del Continente.

Luego de un intenso proceso de colectivización del campo y de esfuerzos enormes para atender gigantescos problemas como eran la alimentación, vestido, educación, vivienda y salud de 450 millones de habitantes, hacia 1956, dentro del contexto del VIII Congreso del Partido Comunista Chino, los dirigentes chinos plantean que había llegado el momento de trascender el contenido de una revolución democrática popular para impulsar la construcción del socialismo en China. Este esfuerzo se conoció como el “Gran Salto Adelante”. Con esto la dirección del Partido Comunista Chino significó llevar a cabo un fuerte impulso a la colectivización, creando no menos de 25 mil comunas populares de cinco mil familias en cada una de ellas; desarrollando la industria y la agricultura mediante el trabajo en masa tanto en el campo como en la ciudad; y el ampliando la infraestructura del país a partir del desarrollo de una fuerte industria del acero.

Las malas cosechas y la escasez de alimentos que produjeron en estos primeros años de la colectivización una gran hambruna que afectó a decenas de millones de chinos. A lo anterior se sumaron problemas asociados con una alta tasa de campesinos que internamente se desplazaron del campo a la ciudad y el fracaso de la implantación del programa de industrialización. Como resultado, ya en 1958 se había detenido el “Gran Salto Adelante”, por lo que se planteó un “salto hacia atrás”.

El fracaso del Plan quinquenal de 1952-57; el endeudamiento con la URSS; los cambios o giros políticos que daba ese país, sobre todo luego de la muerte de José Stalin en 1953, y los sucesos que se desarrollaban en los países del Bloque Socialista en Europa, donde cada vez, al control económico por parte de la URSS, seguía el control del poder político y la reducción de los derechos soberanos de las naciones colocadas dentro del marco del llamado “Campo Socialista”, se sumaron a las preocupaciones que desde Pekín también manifestaban los dirigentes chinos con relación al socialismo soviético.

Las consecuencias de este “salto hacia atrás” y el advenimiento de divergencias sobre el desarrollo del modelo económico y político socialista, junto con la pérdida de prestigio en las políticas económicas que había impulsado Mao Tse Tung (Mao Zedong como hoy se pronuncia su nombre) con el “Gran Salto Adelante”, llevaron a nuevas fricciones dentro del PCCh. Liu Shao Chi pasó a ocupar la Presidencia del Partido mientras Deng Xiaoping pasó a ocupar la Secretaría General y Mao Tse Tung retenía la dirección del Comité Militar Central del Partido. Fue desde esta última posición que Mao retoma la lucha por prevalecer en sus ideas diseñando una nueva propuesta: lanzar la convocatoria a los jóvenes para el desarrollo de una revolución cultural proletaria que corrigiera las desviaciones en el proceso de construcción del socialismo en China.

En un escrito de su autoría en 1962, Mao Tse Tung indicó:

“En la lucha entre el marxismo leninismo y el revisionismo [nombre con el cual Mao se refería a las posiciones que ostentaba entonces la Unión Soviética y aquellos al interior del Partido en China que se apartaban de su interpretación del marxismo leninismo], todavía es incierto quién vencerá y quién será derrotado.”

Mao utilizó la posibilidad de esa derrota “para poner en guardia a la opinión pública”, razonando que con esto se “reforzaba la vigilancia contra el revisionismo para prevenirlo y combatirlo.” Indicaba de paso, que la lucha entre dos clases y dos líneas siempre había existido dentro del PCCh.

Con esa aproximación ideológica, Mao orientó el surgimiento de la Gran Revolución Cultural Proletaria a raíz de un proceso de crítica y destitución llevado a cabo contra un funcionario en el otoño de 1965. Este proceso generó la publicación de un artículo que precipitó un amplio debate y discusión en el seno del Partido Comunista.

En su propuesta Mao señala que “la concepción del mundo de los intelectuales, incluidos los jóvenes intelectuales que frecuentan aún las escuelas, en el partido y fuera de él, era fundamentalmente burgués. De ahí que era necesario en “esta fase crucial de la lucha entre dos clases”, las dos vías y las dos líneas: (a) luchar contra los detentadores del poder que siguen la vía capitalista como tarea principal; (b) resolver el problema de la concepción de mundo y extirpar las raíces del revisionismo, como objeto. Esta lucha, independientemente de su costo, señalaba, no solo podría tomar al menos 10 años, sino que debería repetirse varias veces en un siglo. Así, Mao concebía la Gran Revolución Cultural Proletaria como un proceso profundamente ideológico, dirigido a aquellos que si bien habían participado en la lucha revolucionaria democrática contra el imperialismo, el feudalismo y la burguesía compradora, una vez liberado el país, eran vacilantes en cuanto al camino a recorrer hacia el socialismo.

Mao partía de que el 95% de los cuadros dirigentes del PCCh eran revolucionarios o querían serlo; que muchos de los que habían tomado el camino capitalista eran re-educables a largo plazo; y que a nivel de las masas, las “personas malas” no eran muchas (5%). Decía que afortunadamente en ese momento estas 30 o 35 millones de personas no estaban unidas como un ejército en formación, por lo que llamaba a actuar en ese momento para impedir que se consolidaran y unieran. El método para dirigir la tarea era la lucha ideológica.

La Gran Revolución Cultural Proletaria se desarrolló entre 1966-1976. En esta, cientos de miles de jóvenes miembros de la Guardia Roja abandonaron las universidades y centros de estudio, reprimiendo y persiguiendo a aquellos que consideraban por sus posiciones ideológicas o políticas, aliados de Liu Shao-qi o Den Xiaoping, a quienes identificaban como elementos burgueses y capitalistas. Así, decenas de miles de intelectuales, técnicos de alta gradación, obreros calificados, cuadros militares y dirigentes comunales y campesinos fueron destituidos de sus puestos, enviados a campamentos de reeducación y trabajo, y en muchos casos, reprimidos físicamente por los jóvenes guardias rojos. Los excesos ocurridos en el curso de estos años, sin embargo, llevarían eventualmente al propio Mao a ordenar la disolución del cuerpo y la terminación del proceso iniciado.

La época que precede a la Gran Revolución Cultural Proletaria se vio también afectada por el conflicto Sino-Soviético, resultado del XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética. En él, Nikita Krushov quien había sucedido a José Stalin en la dirección del PCUS, lanzó sus fuertes denuncias contra el estalinismo e inició reformas dentro del aparato productivo soviético, todo ello dentro del marco de la Guerra Fría. Los levantamientos que se produjeron en los países del Bloque Socialista en el Este de Europa y el manejo de la crisis por parte de la URSS, poniendo y quitando dirigentes en función de sus lealtades con Moscú y las nuevas doctrinas sobre la construcción del socialismo, llevaron a la ruptura entre los dos grandes bloques socialistas. En este proceso el Partido Comunista Chino denuncia a los soviéticos agrupados en el seno del Partido Comunista de la Unión Soviética como “revisionistas” de las doctrinas de Marx, Engel, Lenin y Stalin y proclama a Mao Zedong y su pensamiento, como el intérprete correcto del marxismo-leninismo en la época del imperialismo y el “socialimperialismo”.

Los efectos de esta ruptura, Albania bajo la presidencia de Enver Hoxa, se colocó del lado de China; mientras la entonces Yugoeslavia, bajo la presidencia del Mariscal Joseph Tito proclamaba una ruta mucho más pro occidental e independiente con relación a la URSS, proponiendo un modelo distinto de construcción del socialismo, lo que también llevó a serios efectos en el movimiento comunista internacional. Así, los partidos comunistas tradicionales vinculados con la anterior Tercera Internacional se dividieron entre aquellos leales a Moscú y aquellos línea Pekin, mientras un sector más pequeño de países adoptaba una política internacional “independiente”.

Desde el punto de vista chino, tanto el PCUS como los partidos en el poder en los países socialistas eran calificados como “revisionistas” y el “pensamiento Mao Zedong” defendido por el PCCh, era proclamado como la manifestación más desarrollada del marxismo leninismo. A esta división en el seno del movimiento comunista internacional se sumaban, también, otras ocurridas anteriormente como fue la ocurrida en la década de los años treinta con el surgimiento de la “Cuarta Internacional” bajo la dirección comunistas favorecedores de la línea ideológica de León Trotsky, su desafío a José Stalin y sus tesis sobre la “revolución permanente”.

La ruptura entre las tendencias dentro del movimiento comunista internacional, particularmente las ocurridas luego del cisma chino-soviético, tuvieron también sus efectos en el desarrollo de las organizaciones de izquierda latinoamericana y caribeña. Entre ellas se incrementó el fraccionalismo organizativo dentro del movimiento revolucionario y se establecieron serias divisiones en cuanto a la táctica y la estrategia en la conducción de los procesos políticos y el desarrollo de la teoría militar en la lucha revolucionaria.

Las tesis de Mao Zedong, que prevalecieron durante el IX y X Congresos del PCCh, luego de su muerte en 1979, y tras un breve mandato posterior por parte de quien fuera su Primer Ministro y cercano colaborador desde los años treinta, Chou En Lai, abrieron paso nuevamente a la reaparición de Den Xiaoping en la política china. Será Deng quien eventualmente, luego del fin de la Gran Revolución Cultural Proletaria y las muertes de Mao y Chou, quien iniciará un proceso de reformas en la economía china y orientará el desarrollo de los primeros pasos dentro de una relativa apertura del proceso político interno, todo ello dirigido a modernizar el país.

Las convulsiones de la Gran Revolución Cultural Proletaria

Para entender quizás las transformaciones actuales en China es necesario ubicarnos en cuál fue el proceso desarrollado en los años de la Gran Revolución Cultural Proletaria y su desenlace.

Es durante el IX Congreso del Partido Comunista Chino, efectuado en septiembre de 1969, que Mao Zedong afianza nuevamente su poder dentro del Partido y el Estado chino. Aquellos elementos en el seno del Partido y a la cabeza de los organismos del Estado, identificados en el curso de la Gran Revolución Cultural Proletaria como elementos revisionistas o pro capitalistas, fueron barridos del poder. Alrededor de Mao se fue aglutinando un conjunto de colaboradores que coyunturalmente coincidían con su llamado a la lucha de clases al interior del Partido. Será este un periodo en el cual la lucha ideológica en el seno del Partido Comunista y de la sociedad china estará permeado por una intensificación de la discusión de los escritos de Mao y por el debate y discusión en todo el país, no sin alguna dosis de dogmatismo, del llamado “Libro Rojo”. En él se recogen innumerables citas del Presidente Mao sobre una amplia diversidad de temas, que incluyen los estilos de trabajo en el seno del partido; la lucha ideológica; las clases sociales; el tratamiento de las contradicciones; la normas sobre el desarrollo táctico y estratégico de la guerra popular; nacionalismo e internacionalismo; la cultura; la política y otros muchos más. El Libro Rojo, junto con cuatro tomos en los cuales se recogieron las Obras Escogidas del Presidente Mao, y otro tomo dedicado a sus Escritos Militares, pasaron a ser lectura obligada de cientos de millones de chinos y comunistas en el mundo occidental.

La discusión en esos años del “Pensamiento Mao Tse Tung”, como entonces se le llamó a las aportaciones teóricas de Mao, adquirió en muchos casos la condición de “letra escrita en piedra”. El dogmatismo desarrollado por millones de jóvenes agrupados en la Guardia Roja adquirió también, por momentos, características similares a un culto a la personalidad de Mao y sus ideas y un claro menosprecio por todo lo que representaba el pasado. En una sociedad milenaria como la China, se intentó volver la espalda al acervo cultural del país para construir, desde la Revolución misma, un nuevo paradigma. El rechazo al pasado, enfrentó, además, a jóvenes con ancianos; a aquellos nacidos bajo el viejo régimen con aquellos nacidos o criados dentro del proceso revolucionario; a los fundamentos ideológicos del período de construcción del socialismo antes del triunfo de la revolución, con las nuevas propuestas impulsadas por la nueva Revolución Cultural Proletaria.

Con la celebración en agosto de 1973 del X Congreso del Partido omunista Chino, se ajustan viejas cuentas entre algunos de los dirigentes del PCCh que habían formado parte del impulso inicial de la Gran Revolución Cultural Proletaria. En el proceso, dirigentes del Partido y del Ejército encabezados por Lin Piao, a quién en el IX se le había elevado a la condición de virtual sucesor de Mao, fueron totalmente desplazados del poder. Se indica que Lin falleció al estrellarse un avión en el cual se dirigía a la URSS en compañía de su hijo y algunos oficiales del Ejército Popular de Liberación, en la región de Mongolia Interior. Estos habían sido acusados de promover una levantamiento militar contra Mao.

En el X Congreso, además, acceden a la dirección del PCCh varias figuras de la política china, desarrolladas al calor de la Revolución Cultural Proletaria, como fueron Chiang Ching, esposa de Mao; Wang Hongwen, uno de los dirigentes más jóvenes del Buró Político y dirigente de los Guardias Rojos en el curso de la Gran Revolución Cultural Proletaria; junto con Zhang Chunquiao y Yao Wenyuan. Estos cuatro dirigentes, que fueron durante la Gran Revolución Cultural Proletaria quienes encabezaron la lucha contra el regreso del Deng Xiaoping a la política china, catalogándolo como “viento revocatorio derechista”. A la muerte de Mao y como parte de las luchas internas en el seno del PCCh, caerían en desgracia al ser declarados como la “Ganga de los Cuatro” (también como “Banda de los Cuatro”) por su sucesor en la presidencia del Partido Comunista de China, Huan Guofeng, siendo encarcelados y condenados a largas penas de prisión en 1981, las que eventualmente fueron conmutadas en 1991.

El sucesor de Mao en la presidencia del Partido Comunista de China allanó el camino al regreso al poder de aquellos dirigentes desplazados en los años de la Gran Revolución Cultural Proletaria, incluyendo a Den Xiaoping, quien desde hacía años había caído en desgracia bajo la acusación de haber sido uno los funcionarios que promovían las ideas de la restauración capitalista.

Deng accede nuevamente al poder iniciando así el proceso de cambio que ha venido sufriendo China hasta el presente. En ocasión de la celebración del XI Congreso del PCCh, realizado en 1977, mediante la crítica a los acontecimientos del período de la Revolución Cultural y las acciones de la “Ganga de los Cuatro”, se establecería el nuevo rumbo por el cual ha venido transitando China a partir de 1978 hasta el presente.

La Nueva China y su propuesta de desarrollo económico

Den Xiaoping planteó la necesidad de una transformación económica de gran magnitud en China que llevara al país a su modernización radical en el terreno económico, aunque ciertamente, en lo concerniente a lo político e ideológico, los cambios se definieron en forma mucho más conservadora. Para 1992 Deng estimaba aproximadamente como mínimo tres décadas para China aproximarse a tal objetivo; es decir, ubicaba un periodo de transición coincidiendo en tiempo con el centenario de la fundación del Partido Comunista de China en 1921. Así, bajo la dirección de dicho Partido y bajo consideraciones de desarrollo de un modelo económico basado en la economía planificada, característica de los modelos de desarrollo socialistas, China incorporaba en sus políticas de desarrollo la propuesta de “dos modelos, un sistema” donde, a la par que reivindica el carácter socialista del país, se introducirían reformas de corte capitalista en su economía.

En un artículo publicado por la Revista Foreign Affairs en 2007, titulado The Faces of Chinese Power, se advertía que la estrategia nacional china era continuar su crecimiento doméstico, atraer recursos (tecnología, inversiones y materiales estratégicos) del sistema internacional, la reducción de amenazas que redujeran sus recursos y mantener el desarrollo de un crecimiento militar. Sin embargo, a diferencia de la ex Unión Soviética, este crecimiento militar no sería a costa de consumir sus recursos ni sacrificar su desarrollo económico. El artículo destacaba, además, la importancia en esa etapa de desarrollar una clase media, con amplia capacidad de consumo, que fortaleciera su poder económico.

En otro artículo publicado por esta Revista, en su edición de enero-febrero de 2008, titulado The Rise of China and the Future of the West, se indicaba que, en sus transformaciones económicas desde finales de la década de 1970, China había logrado la cuadruplicación de sus índices económicos. Se esperaba, indicaba el artículo, que durante la siguiente década los índices macroeconómicos en China se duplicaran. Indicaba también el artículo que, para el año 2050, las economías de Brasil, Rusia, India y China serían mayores que los originales países integrantes del llamado G-6 (Alemania, Francia, Italia, Japón, Reino Unido y Estados Unidos).

Para algunos analistas como James Petras, sin embargo, algunos de estos cambios, particularmente aquellos relacionados con la especulación financiera a gran escala y la expansión exterior, habían sido acompañados de problemas sociales y económicos, profundos y extendidos, que podrían llevar a socavar el crecimiento sostenido y la estabilidad política en este país.

Otros datos que Petras ofrecía indicaban que el superávit comercial chino para julio de 2007 había sido de $24,400 millones; el crecimiento en las exportaciones de 34%; y del PIB de 11%. Ya para entonces, China se había convertido en el centro bursátil del mundo. Sus importaciones habían aumentado entre 2004 y el 2006 de $512 mil millones a $792,000 millones, estimándose que en el 2007-08 llegaría a un billón. China era entonces la segunda potencia mundial en inversión en tecnología con $134 mil millones, equivalente a 4.9% de su PIB, lo que superaba a Estados Unidos.

De acuerdo con Petras las políticas de liberalización financiera de China desde finales de 1970 eran “el producto de decisiones políticas internas adoptadas a los más altos niveles de gobierno.” Indicaba, además, que “a partir de la década de 1980", Estados Unidos había ejercido presiones sobre estas políticas amenazando, coaccionando y consiguiendo así, en los 25 años previos a su escrito, “cambios paulatinos, pero acumulativos en sus políticas económicas”. Un primer paso, señalaba, había sido “conseguir la aquiescencia de China en la apertura a la compra de acciones por parte de grupos financieros, y conseguir así una cabeza de playa en cada sub sector: bancos, firmas de inversoras y consultorías de inversión, entre otras.”

Se indicaba que en su momento, China suprimió virtualmente todas las restricciones a la inversión extranjera en compañías chinas privadas, lo que le permitió la penetración extranjera en varios sectores claves de la economía. Así las cosas, se mencionaba que la liberalización del sector financiero era el objetivo estratégico principal del entonces Zar Económico de Estados Unidos, Hank Paulson. Uno de sus logros mayores fue abrir una economía de 1,300 millones de consumidores chinos para que los bancos chinos con participación extranjera introdujeran sus propias tarjetas de crédito y de pago en moneda nacional china.

Aquellos cambios en esa China moderna, sin embargo, fueron también acompañados de fuertes pérdidas económicas como resultado del desmantelamiento de su sistema de salud pública y la privatización de los servicios de salud, de la educación, y otros sectores de la economía.

Las políticas iniciadas por Deng, que incluyeron el restablecimiento de la propiedad privada en China (aunque no afectaron el campo, ni las tierras de cultivo, ni la propiedad colectiva o en usufructo por el Estado), así como el desarrollo de polos o áreas económicas donde las relaciones de producción eran esencialmente capitalistas, llevó a este país, en apenas tres décadas, a colocarse como una de las principales potencias económicas del mundo.

Con sus más de 1,300 millones de habitantes; habiendo conquistado su reconocimiento internacional por la comunidad de naciones, incluyendo Estados Unidos, la República Popular China ya generaba en el 2005 un producto interno bruto de 2,228,862,000,000. Esta cifra no incluía el producto interno bruto de Hong Kong y Macao, dos ex colonias extranjeras (británica y portuguesa), integradas administrativa, política y nacionalmente desde finales del siglo XX, dentro del territorio continental chino y donde las relaciones de producción prevalecientes son estrictamente capitalistas.

Con una superficie de terreno de 9,596.960 millones de kilómetros cuadrados, China contaba entonces con el equivalente al 9% del terreno cultivable del mundo. Hasta hace muy poco tiempo se estimaba que China produciría gran parte de los productos básicos de consumo para toda su población.

Un dato significativo para nosotros sobre esa nueva realidad de la región es aquel nos que ofrecía la Revista “Foreign Affairs” de enero-febrero de 2006, cuando en un ensayo titulado Is Washington Losing Latin America, señalaba en ese momento que el 10% del comercio exterior de América Latina se realizaba con China. Este porciento, en estos momentos, ha incrementado exponencialmente, particularmente como parte del intercambio comercial con la República Bolivariana de Venezuela, Nicaragua, Bolivia y Cuba, entre otros países latinoamericanos.

El rumbo iniciado por Deng Xiaoping entonces, es en su esencia, el mismo rumbo que al presente mantiene China. De hecho, el actual presidente de la República Popular China, Xi Jinping, expresó en un mensaje en ocasión de la III Sesión Plenaria del XVIII Comité Central del Partido Comunista de el 12 de noviembre de 2013, a manera de reflexión, lo siguiente:

“En la práctica, el socialismo mundial no ha podido resolver el desafío del cómo gobernar la sociedad socialista. Una sociedad totalmente nueva. Carlos Marx y Federico Engels no tenían experiencia práctica de cómo gobernar de manera integral un país socialista y muchas de sus leyes sobre las sociedades futuras eran previstas. Vladimir Ilich Lenin falleció poco después de la Revolución de Octubre y no tuvo tiempo para explorar a fondo este problema. La Unión Soviética llevó a cabo exploraciones sobre este problema, consiguió algunas expreriencias práctica, pero cometió errores que le impidieron solucionarlo. Nuestro Partido, desde que llegó al poder ha trabajado incansablemente en el estudio del problema. Pese a los altibajos sufridos ha acumulado abundantes experiencias y ha conquistado importantes logros en el sistema y la capacidad de gobernación del Estado, y los avances a partir de la reforma son especialmente evidentes. Nuestra política es estable, nuestra economía se desarrolla, nuestra sociedad es armoniosa y nuestras étnias están unidas, condiciones que contrastan con la situación caótica surgida constantemente en cierta regiones y países del mundo. Esta demuestra que nuestro sistema y capacidad de gobernación del Estado son buenos en lo global y se adaptan a la situación nacional y la demanda de desarrollo de nuestro país.”

Entre el 60 y 70 Aniversario de la RPCh

El 1 de octubre de 2009 presenciamos a través de los medios televisivos la ceremonia del Día Nacional en la República Popular China. Las actividades programadas por el Gobierno chino se desarrollaron en todo el país a lo largo del día.

En el discurso ofrecido entonces por quien era el presidente chino, Hun Jintao, luego de haber pasado revista oficial a los escuadrones militares que más adelante encabezarían las actividades de celebración con un impresionante desfile militar, destacó los grandes logros del pueblo chino, en su historia de más de cinco mil años. Indicó que solo el sistema socialista había sido capaz de salvar la nación, puntualizando que sólo el desarrollo de las políticas económicas podrían desarrollar al país de cara al futuro.

Al referirse al socialismo, Hun Jintao hizo énfasis en el carácter chino de tal socialismo; es decir, un socialismo adaptado a las particularidades de su país. Hun Jintao también mencionó los principios básicos en los cuales descansaba el desarrollo de la República Popular China y como parte de los mismos, las políticas de reforma y apertura. Esa política, indicó, es la que ha llevado a China a mejorar las condiciones de su pueblo, reafirmando de paso la aspiración de la unificación del país mediante el desarrollo pacífico de la Patria. Como parte de ese proceso de unificación, mencionó la importancia que China le adjudica a su política exterior independiente basada en la autodecisión del pueblo chino, el desarrollo pacífico y los cinco principios de coexistencia pacífica entre estados con características y modos de producción diferentes.

Igualmente, Jun Jintao mencionó el papel jugado por el Ejército Popular de Liberación y las Milicias en el mejoramiento de la capacidad defensiva del país y reiteró la aspiración del China a su desarrollo teniendo como base el apoyo de su pueblo, el fortalecimiento del socialismo, la modernización de su economía y su aspiración en la construcción y desarrollo de un país armonioso.
El pasado 1 de octubre del año en curso, se conmemoró el 70 Aniversario del triunfo de la Revolución china. Como en el pasado, se desarrolló un imponente desfile militar donde el gobierno chino presentó ante los ojos del mundo parte de sus importantes desarrollos militares en las distintas ramas de las fuerzas armadas del país. Entre ellas destacan lo avances en los sistemas balísticos, defensivos y ofensivos, así como los avances tecnológicos y equipamiento vinculados a la capacidad de defensa del país. En su discurso, Xi Jinping reiteró los principios sobre los cuales China postula su desarrollo. No perdamos de perspectiva que de cara al 2021, se conmemorará el Centenario de la fundación del Partido Comunista de China y ya para 2049 se conmemorará el Centenario del triunfo de su Revolución, dos fechas emblemáticas sobre las cuales la dirección china abriga grandes esperanzas de avance en el proceso de alcanzar su plena modernidad y desarrollo, lo que incluye el objetivo de haber alcanzado la total reunificación del país y la profundización de la construcción de un socialismo con características chinas, que incluirá avances en el concepto de “un país, dos sistemas”.

El mensaje al mundo como resultado de esta conmemoración lo dejó clarmente establecido el presidente de China al señalar que China hoy no es aquel país empobrecido que hace 70 años refundó Mao Tse Tung tras el triunfo de su Revolución.

Conclusión

A lo largo de los pasados setenta años, la República Popular China ha dado al mundo lecciones en cuanto a la capacidad de un estado político de brindar asistencia, alimentación, educación, salud y actividades recreativas, por solo mencionar algunas a una población que ya sobrepasa mil doscientos millones de habitantes. Más allá de las críticas que desde una perspectiva exterior podamos formular a su gobierno, instituciones, procedimientos, formas de ejercicio democrático y participativo o incluso, planificación económica, ciertamente no podemos dejar de señalar sus importantes logros y avances.

Ha sido el socialismo con sus características chinas, el que a lo largo de estas décadas ha permitido el desarrollo de un país como el que hoy despunta en el mundo.

Como bien indicara el Presidente de la República Popular China en su discurso en ocasión del 60 Aniversario del triunfo de su Revolución, “la historia nos ha indicado que el camino de avance nunca es llano, pero que un pueblo unido que toma el destino en sus propias manos vencerá, sin ninguna duda, todas las dificultades, creando continuamente grandes epopeyas históricas.”

A quienes nos ha tocado vivir este periodo histórico, nos ha correspondido la oportunidad de ser testigos de esa gran epopeya, aquella librada por el pueblo chino en casi un siglo de lucha y revolución.