30 jun. 2019

La República Bolivariana de Venezuela y el Reino de Arabia Saudita: dos modelos opuestos

Por Alejandro Torres Rivera | MINH
La sátira es un estilo de escritura o redacción mediante la cual, a través de colocar en ridículo una persona, una situación o un evento, pretendemos explicar el absurdo de determinadas cosas. Desde que el presidente Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos, y aun antes, su predecesor, Barack Obama, la República Bolivariana de Venezuela ha estado en el radar de los halcones de Casa Blanca en su incansable faena de destruir el proceso revolucionario en este hermano país latinoamericano. Intentos de Golpe de Estado burdos, tradicionales y rastreros, han sido seguidos por nuevas formas de sabotaje económico que combinan viejas y nuevas tecnologías junto a estilos de trabajo también de nuevo tipo, dirigidos a desestabilizar la gobernanza de un país, promover el caos social y económico, hasta provocar rupturas que conduzcan a propiciar un Estado fallido. 


Estas nuevas formas de destrucción de países y gobiernos se han ensayado lo suficiente como para no poder hacer abstracción de ellas cuando vemos su resultado en países como Afganistán, Iraq, Siria, Libia, Sudán y Yemen, por sólo mencionar algunos distantes. Sin embargo, mucho más cerca de nosotros, lo vemos en el caso de nuestra hermana Venezuela.

Utilizando el recurso de la sátira política, en la página electrónica titulada Topete GLZ, el pasado 23 de junio se publicó un escrito titulado Venezuela baraja instaurar una Dictadura como Arabia Saudí para no tener problemas con EE UU. El artículo comienza indicando que el gobierno de la República Bolivariana de Venezuela había emitido un comunicado donde informa que se encuentra analizando “la posibilidad de instaurar una monarquía absoluta”, así como lo oye, siguiendo el modelo de Arabia Saudita ya que, de esa manera, Venezuela “evitaría problemas de injerencia de otros países” con el suyo. Dice la supuesta declaración oficial:

“Tras analizar la situación hemos llegado a la conclusión de que si fuésemos una monarquía absoluta no tendríamos problemas. Al parecer si mantienes un sistema de gobierno feudal con petróleo, todos son ventajas. Los demás países son tus aliados y no tienen problemas en venderte armas para usar contra la población civil. La pena de muerte y la tortura dejan de ser un problema. Incluso puedes torturar y matar periodistas en el extranjero, Carajo, ya se nos podía haber ocurrido esto antes”.

El artículo terminar indicando que “otra ventaja es que no hacen falta elecciones, ni observadores ni nada, simplemente va todo de dedo, sin disimular si quiera y a correr. Además, a quien no le guste, le condenas a 50 latigazos y verás que pronto cambia de idea.” Claro está una monarquía sin monarca no es tal, por lo que el presidente constitucional de Venezuela, en adelante, sería denominado “Maduro I el del chándal”.
Aunque absurdo, así es la situación cuando usted compara Venezuela con Arabia Saudita. El nombre oficial de este país del Medio Oriente es Reino de Arabia Saudita. Tiene por fronteras, al noroeste con el Reino de Jordania y la península de Sinaí perteneciente a Egipto; por el noreste con Iraq; por el este con Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Catar y el Golfo Pérsico (que le separa de la República Islámica de Irán; por el oeste con el Mar Rojo, por el sur con Omán y Yemen, y se conecta a través de una pequeña franja denominada Calzada del Rey Fahd, con Bareín. Como puede entenderse, solamente por su ubicación geográfica, ya reviste suma importancia para Occidente, a lo que, si sumamos el alto contenido de su subsuelo en hidrocarburos, hablamos de una importancia geopolítica para países como Estados Unidos y la Unión Europea.

El Reino de Arabia Saudita se conformó en el año 1932. Es, sin embargo, el descubrimiento de petróleo en su subsuelo en 1938, lo que imprime el desarrollo económico del país. La monarquía saudí, dentro de la cual hay innumerables príncipes y altos funcionarios, ha sido acusada en múltiples ocasiones de corrupción.

Durante el pasado año, este país de la península arábica ganó notoriedad ante las denuncias hechas por el gobierno de Turquía relacionadas con la muerte en su país, dentro de la embajada de Arabia Saudita en Estambul, del periodista saudí Jamal Khashoggi. Entonce Turquía denunció que Khashoggi fue estrangulado en el interior de dicha embajada el 2 de octubre de 2018 por agentes de la seguridad saudíes y luego picado en trozos para sacar fuera de la embajada su cuerpo y desparecerlo. El nombrado periodista, quien trabajaba para la prensa estadounidense, había sido un portavoz importante en las denuncias de corrupción de la monarquía y castas dominantes en Arabia Saudita. 

De acuerdo con declaraciones del presidente turco, Recep Tayyip Erdogan ante el parlamento de su país, el asesinato del periodista saudí no fue “una acción menor, sino un acto premeditado con varios días de anticipación”. Se indica que, durante el año 2017 tres importantes opositores a la monarquía saudí y promotores de reformas, aunque también vinculados aunque lejanamente a la familia real, han desaparecido del escenario público tras ser secuestrados en Europa y llevados a Arabia Saudita. 

Arabia Saudita tiene una superficie de 2,149,690 kms. cuadrados donde viven más de 32 millones de personas. En su territorio se encuentran dos de los principales lugares santos del islam: La Mezquita del Profeta en Medina y La Gran Mezquita en La Meca. Su gobierno es una monarquía absoluta y una recia teocracia (sharía) considerándose una de los gobiernos absolutistas más conservadores del mundo. En materia de derechos humanos y libertades fundamentales, los mismos brillan por su ausencia. Se indica que corren en proporción inversa a la riqueza de su subsuelo. La pena de muerte, degollando públicamente a las víctimas, es un espectáculo común en su plazas. Se indica que entre 1985 y 2015 alrededor de 2,208 personas fueron decapitados. Entre los delitos por los cuales se aplicó la pena capital se encuentran la brujería, el adulterio o la apostasía. 

Los homosexuales y lesbianas son perseguidos y encarcelados. No se permite el desarrollo de manifestaciones políticas antigubernamentales. Entre las penas por desarrollar manifestaciones de expresión prohibidas se encuentra sentencias hasta de 10 años de prisión y 100 latigazos. 

En Arabia Saudita las mujeres no pueden ejercer gran parte de los pocos derechos que se reconocen para los hombres. Por ejemplo, hasta 2018 no podían conducir vehículos y el derecho al voto no se reconoció hasta 2011. Allí se niega a las mujeres las mismas oportunidades que a los hombres, ello basado estrictamente en consideraciones de sexo.

Arabia Saudita es uno de los principales importadores de armamentos desde Estados Unidos en la región. Las compras en armamentos ascienden a decenas de miles de millones de dólares. El gobierno saudí mantiene una estrecha relación con los intereses del Estado de Israel en la región, a pesar de que mantiene su apoyo en foros internacionales a la causa del pueblo palestino. En materia religiosa, la mayoría de su población profesa la corriente sunita del islam, en lo que se conoce como el “wahabismo”. 

Durante los pasados años Arabia Saudita viene librando una campaña militar contra su vecino Yemen. En este país, la corriente islámica es chiita, lo que les vincula más con la República Islámica de Irán, de quien reciben apoyo militar y financiero en su lucha contra los saudíes. La crueldad con que Arabia Saudita ha respondido al conflicto en Yemen, bombardeando continuamente a la población civil y promoviendo el éxodo de cientos de miles de personas de sus hogares, ha creado una emergencia nacional donde hoy decenas de miles de ciudadanos yemeníes están al borde de la muerte por falta de medicamentos y comida.

Ese país, sin embargo, contrasta notablemente con Venezuela donde su gobierno se ha preocupado con el avance e incorporación de la mujer a todas las actividades del quehacer humano en los campos del arte, la construcción; la participación en las fuerzas armadas; en la educación generalizada primaria, secundaria, técnica y universitaria; el ejercicio pleno en materia de derechos ciudadanos y políticos; y en la producción agrícola, comercial e industrial, entre otros. Igualmente, en Venezuela, la expresión democrática del pueblo a través del proceso electoral, el ejercicio del derecho a la expresión y la protesta; el derecho a viajar; y, sobre todo, aún bajo las amenazas de intentonas golpistas y desestabilizadoras, la disposición al diálogo por parte del gobierno con los sectores de la oposición, es un referente que, en todo caso, Arabia Saudita debería imitar.

Sin embargo, la respuesta del gobierno estadounidense es la tolerancia a la intolerancia absoluta del gobierno saudí; mientras ante la apertura del gobierno del presidente constitucional de Venezuela, Nicolás Maduro Moros, las respuestas son las sanciones económicas, la desestabilización, las amenazas de intervención militar, y la confiscación de sus activos en el resto del mundo. 

La pregunta a hacernos es, si Arabia Saudita mañana hace elecciones, desarrolla misiones de salud, construcción de viviendas, educación universal para todos y todas, desarrolla tolerancia hacia sectores minoritarios, fomenta el desarrollo de los derechos de la mujer, promueve una total y absoluta separación de Iglesia y Estado y promueve su solidaridad con todos los pueblos y naciones del mundo independientemente su estructura de desarrollo económico, ¿Estados Unidos insistiría en derrocar la monarquía saudita? Si Venezuela, por el contrario, asume la creación de una monarquía absoluta, teocrática, supresora de los derechos de la mujer; se declara contraria al reconocimiento de los derechos humanos de los homosexuales y lesbianas; instaura la pena de muerte decapitando a ciudadanos; ¿cesaría Estados Unidos en sus políticas de agresión hacia este pueblo hermano? 

La respuesta es sencilla, Estados Unidos interesa las riquezas naturales de Venezuela; interesa que su ejemplo no se propague por América Latina; interesa mantener su política injerencista sobre la región y se opone a que los pueblos latinoamericanos luchen por la defensa de su dignidad y soberanía. No, ni Venezuela optará por convertirse en una monarquía al estilo de Arabia Saudita; y optará por no renunciar a su independencia y soberanía como lo ha venido haciendo en los pasados 20 años.