18 abr. 2019

El suicidio de Alan García y el fantasma de Odebrecht

Por Julio A. Muriente Pérez | MINH

Odebrecht y sus cómplices utilizaban bancos pequeños localizados en países con leyes estrictas de sobreprotección bancaria en el suministro de información a autoridades internacionales...

Los desembolsos de los fondos eran hechos por la División de Operaciones Estructuradas a través de cuentas en dólares o en efectivo, dentro y fuera de Brasil. 


Las empresas seleccionadas para recibir los sobornos disponían de por lo menos una cuenta offshore abierta originalmente a nombre de Odebrecht, a la cual ésta transfería el dinero desde otra en un banco con sede en Nueva York.

En agosto de 2015 el abanico de las denuncias contra ex ministros de Alan García y personas de su círculo cercano siguió creciendo… Ángel Páez, líder del equipo de investigación de La República, cree que ya debería estar abierto y rotulado un expediente con el nombre de Alan García.

Jorge González
Odebrecht
La historia completa
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El suicidio del expresidente de Perú, Alan García, acaecido este miércoles 17 de abril, constituye el capítulo más reciente de una larga historia de sobornos, asesinatos, crímenes de lesa humanidad, secuestros, escuadrones de la muerte y lavado de dinero, que han marcado a ese país suramericano durante las pasadas tres décadas. Representa uno de los desenlaces más dramáticos de la corrupción multibillonaria que ha golpeado las grandes esferas del poder político latinoamericano y caribeño durante los últimos años .

García se quitó la vida minutos después de que llegaran a su residencia funcionarios de la justicia peruana, presuntamente a arrestarle, acusado de ser responsable de delitos de venta de influencias y corrupción. La visita de los agentes policiacos no ha de haberle tomado por sorpresa. Él se sabía señalado como cómplice de la venta de favores y privilegios promovida por la constructora brasileña Odebrecht y de otras similares en varios países latinoamericanos y caribeños, que ha estremecido a más de un país de la región. Tanto así, que hace varios meses intentó  asilarse, infructuosamente, en las embajadas de Uruguay y Costa Rica, alegando que era víctima de persecución política. 

El caso peruano es particularmente escandaloso, pues la comisión de gravísimos actos delictivos de una u otra manera involucra nada menos que a los pasados cinco presidentes que ha tenido ese país: Alan García, Alberto Fujimori (y sus hijos), Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Pedro Pablo Kuczynski. Algunos, como Fujimori, Humala y Kuczynski, han estado presos. Toledo anda prófugo, acogido por Estados Unidos. Y García se acaba de quitar la vida, tratando de huir de una probable convicción y encarcelamiento.

El suicidio de Alan García se convierte entonces en un pie forzado para la reflexión sobre cuán presente ydecisiva es la corrupción en nuestro continente; cuán normal, sobre todo en las altas esferas del poder. (No podemos pasar por alto que mientras se anuncia la muerte del ex mandatario peruano, el presidente de Estados Unidos Donald Trump se resiste a hacer públicas sus multibillonarias finanzas personales. Ello no puede menos que generar suspicacia. De manera que no tenemos por qué pensar que se trata de un asunto exclusivamente latinoamericano y caribeño…).

Las acusaciones de corrupción contra Alan García y varios de sus allegados, se remontan a su primera gestión presidencial, entre 1985 y 1990. Entonces se afirmaba que su campaña electoral había sido financiada con el dinero proveniente de pagos de soborno hechos por el consorcio italiano Tralima, interesado en que se le adjudicara la construcción del metro de Lima. A partir de entonces, la cantidad de dinero proveniente de la corrupción que le involucraban a él y a sus funcionarios más cercanos en su segunda gestión presidencial—2006-2011—es interminable.

La institucionalidad gubernamental del Perú está en entredicho. Los partidos políticos están desacreditados, sobre todo aquellos que han gobernado en las pasadas décadas. El que más o el que menos está manchado por la corrupción; como el partido Nacionalista de Humala, el PPK de Kuczynski, los fujimoristas agrupados en Fuerza Popular, el Perú Posible (PP) de Alejandro Toledo y sobre todo el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana, fundado en 1924 por Víctor Haya de la Torre), del cual García era su dirigente principal. En materia de corrupción y dineros mal habidos, reformistas y extremistas de derecha han estado tomados de la mano. 

En un principio, el APRA ostentó banderas del indoamericanismo, el antiimperialismo y el nacionalismo sudamericano. Se proyectaba como una organización progresista, defensora de los intereses de las mayorías. Es miembro de la Internacional Socialista Solo en dos ocasiones ha sido gobierno y en ambas Alan García fue electo presidente. En la primera fungió como gran izquierdista. En la segunda, haciendo alarde del camaleonismo reformista, Alan García y el APRA se convirtieron en adalides del neoliberalismo, el antichavismo y el anticomunismo. En las elecciones de 2016 intentó llegar por tercera ocasión a la presidencia, solo para recibir un contundente rechazo del electorado peruano (5.83% de los votos). Hasta llegar a convertirse en el político más  impopular del Perú.

La muerte violenta de Alan García no resolverá ni el grave problema de corrupción, que allí como en otros países es el pan nuestro de cada día, ni el descrédito de partidos y gobiernos en el Perú. Pero representa un azote estremecedor a la indiferencia y la impunidad que ha prevalecido por tanto tiempo, en pueblos que, mientras tanto sufren las condiciones deplorables de sistemas políticos y económicos injustos.

Paradoja de paradojas, ese mismo Perú, cuyas instituciones políticas están corroídas por la corrupción, la desigualdad y el pillaje, es hoy la sede del llamado Grupo de Lima, promovido y alentado por el gobierno de Estados Unidos para dar cátedra de pulcritud y corrección a la República Bolivariana de Venezuela. Y junto con Perú, el Brasil del neofascista Bolsonaro, país sede de Odebretch y la corruptela continental. Y la Colombia de Iván Duque y Álvaro Uribe, penetrada hasta los huesos por la corrupción y la violencia institucional.  (El Nuevo Día)