7 mar. 2019

Vieques y las lanchas, 20 años después

Por Julio A. Muriente Pérez | MINH

La más reciente crisis en el transporte marítimo entre la islas de Vieques, Culebra y la isla grande (Puerto Rico), es una muestra elocuente—y escandalosa- de cuán abandonadas han permanecido estas comunidades de miles de puertorriqueños/as, víctimas del desdén, la indiferencia y la irresponsabilidad de continuas administraciones gubernamentales, por décadas. Ello ocurre apenas semanas antes de que se conmemore el vigésimo aniversario de la muerte violenta del puertorriqueño-viequense David Sanes Rodríguez, el próximo 19 de abril, que generó la más extraordinaria movilización nacional en favor de la paz y la desmilitarización de la Isla Nena.


Una de las contribuciones más importantes de aquellos años intensos de lucha por la paz, fue la presentación de un plan integral para el desarrollo de Vieques, preparado por un grupo de profesionales altamente capacitados en diversos campos de la planificación, administración y coordinación económica y social. Estaba concebido para transformar profundamente a la Isla Nena, una vez cesaran los bombardeos y le fueran devueltas las tierras ocupadas al pueblo viequense. El mismo contenía propuestas novedosas y factibles sobre agricultura, industria, pesca, turismo, conservación ambiental, cooperativismo, transporte, salud, educación, cultura… Sobre virtualmente todo.

De haberse implementado dicho plan, Vieques se hubiera convertido en un cuerno de abundancia material, social y espiritual. Finalmente se hubiera hecho justicia con estos miles de compatriotas, asediados por décadas por las bombas, la contaminación, las enfermedades y la muerte.

Pero no fue así. Por el contrario, luego del anuncio oficial del cese de bombardeos y de la salida de la Marina estadounidense de Vieques en mayo de 2003, las isla y su población fueron abandonados a su suerte. Era una especie de castigo, por haberse atrevido su pueblo, y todo el pueblo puertorriqueño, a enfrentar con tanta osadía a los todopoderosos ocupantes. Administración tras administración gubernamental miraron hacia el otro lado. La insensibilidad no tuvo límites. Salud precaria, cero desarrollo económico, abandono educativo y cultural, ningún apoyo para recomponer, aunque fuera parcialmente, la calidad de vida de unos pueblos que han sufrido como ningunos otros en Puerto Rico desde mediados del siglo veinte. Un parche aquí y otro parche allá, pero nada más. Mientras tanto, extranjeros adinerados se han ido haciendo dueños de las tierras, los comercios, las residencias. El narcotráfico—como escalofriante actividad económica alternativa—plantó bandera, la incidencia criminal y la violencia se dispararon, la emigración se acentuó.

Y, claro, las lanchas funcionan un día si y un día no, por así decirlo, según de donde sople el viento. Hasta el sol de hoy.

No, no se trata meramente de un problema de transporte, que ya sería suficientemente grave. Se trata de la vida, de la salud, de la alimentación, de la cultura, de la dignidad y la felicidad a la que tienen derecho pleno estos compatriotas. Se trata de asumir un sentido elemental de responsabilidad, ese que ningún gobierno ha asumido en los pasados veinte años; y aun antes.

Este es uno de los países que más carreteras y automóviles tiene en el planeta, por kilómetro cuadrado. Tanto así, que hasta hemos perdido la costumbre de caminar de un lugar a otro, por más cercano que sea el tramo que nos invite a ejercitar las piernas. Calles, carreteras, avenidas, expresos, puentes.

Hay millones de dólares para tapar los hoyos de las carreteras, para tirar asfalto aquí y allá. Hasta hay cientos de miles de dólares para enviar aviones y barcos en plan pretendidamente humanitario.

Pero no hay dinero para garantizar el elemental derecho a la transportación—y a la vida de digna-- de miles de compatriotas en Vieques y Culebra. Y en estos días menos, que parece que unos y otros solo están pendientes al comienzo prematuro de la campaña electoral de 2020.

La solución sería sencilla, en el corto plazo, en lo que respecta al transporte. Lo que se requiere, primero que todo, no es dinero sino sensibilidad y compromiso social. Cómprense de inmediato dos lanchas nuevas. Y de aquí a dos o tres meses, dos más. Luego, cómprense dos “ferries” para transportar autos y camiones—que no bodas--. Mientras tanto, se reparan las lanchas viejas, para tenerlas en reserva. Hágase el compromiso de modernizar y hacer plenamente eficientes los terminales, y el transporte terrestre en cada punto. Asegúrese que cada ciudadano de nuestras islas tenga la oportunidad de ir y venir al resto de su país varias veces al día, al igual que todo nuestro pueblo, que tiene derecho pleno de viajar lo mismo a Cabo Rojo que a la Isla Nena o a Culebra. Garantícense medidas de emergencia, “24-7”, en lo que respecta a alimentación, combustible, educación y salud. Desde ya.

Que se busque el dinero necesario, donde sea. Si hay que endeudarse, esta sería una deuda que valdría la pena; y que todo el pueblo aplaudiría. Como se aplauden los actos de justicia.

Cero tolerancia. No más subterfugios. Después de todo, no es demasiado lo que se reclama.

Pregunto sin demasiado entusiasmo, ¿habrá quien finalmente le ponga el cascabel al gato?

(Tomado de El Nuevo Día)