19 dic. 2018

El manilo que tenemos que derrotar

Por Julio A. Muriente Pérez | MINH

Mucho tenemos que aprender, después de todo, de la agresividad del gallo de pelea que se lanza al combate sin pensarlo dos veces. Una buena dosis de gallardía como esa nos hace falta, para disponernos a defender y proteger nuestra dignidad y nuestra Nación.



Lean conmigo: The cock says coocadoodledo. 

Y las voces temblaban en el viento mañanero…

Tellito, ¿cómo es que canta el gallo en inglés?

No sé, don Peyo.

Pero mira, muchacho, si lo acabas de leer…

Y Tellito excusándose, dijo: don Peyo ese será el cantío del manilo americano, pero el girito de casa jace: cocoroco clarito. (…)

Asustado por la algazara, el camagüey de don Cipria batió las tornasoladas alas y tejió en la seda azul del cielo su “cocoroco” límpido y metálico.

(“Peyo Mercé enseña inglés”, Terrazo, Abelardo Díaz Alfaro).

La mayoría de los dueños de galleras y gallos, las personas vinculadas con esta actividad y quienes asisten regularmente a estos lugares, son anexionistas o estadolibristas. Seguramente votan cada cuatro años por el PNP o el PPD y consideran que la relación de Puerto Rico con Estados Unidos es lo mejor que nos ha podido suceder. Hay entre esas personas, quienes sueñan con el matrimonio de la anexión como lo máximo. Así, por fe.

Puede que la  reciente decisión del Congreso de Estados Unidos que prohíbe las peleas de gallos les haya permitido comprender, al menos por un instante, la dura realidad de un país—Estados Unidos- que hace lo que le da la gana contra otro—Puerto Rico. Un país para el que importamos poco o nada. Un país que nos trata como una cosa útil sólo cuando conviene a sus propósitos. Para el que somos una simple posesión de la que disponen a su antojo.

La prohibición congresional de las peleas de gallos es solo el capítulo más reciente de la lista interminable de decisiones unilaterales que el gobierno de Estados Unidos ha tomado sobre Puerto Rico en ciento veinte años, cuando se apropiaron de este país como botín de guerra. 

Esa es la clave: la unilateralidad. La misma se ejerce porque ellos son dueños y nosotros somos propiedad. A eso se le ha llamado históricamente y se le sigue llamando hoy colonialismo. Es una relación perversa, indeseable, perjudicial, que debe desaparecer de aquí, como ha desaparecido de gran parte del planeta.

Uno podría coincidir con que se prohíban las peleas de gallo o no, o con que el aborto sea legal o no, que sea legal el matrimonio entre personas de un mismo sexo o no; o hasta podría debatir la conveniencia o no de la pena de muerte. No se trata necesariamente del valor de la decisión en sí misma, sino del hecho de que el pueblo de Puerto Rico no ha tenido nada que decir en ninguna de estas imposiciones, entre otras tantas; pero se ve obligado a acatarlas, so pena de ser castigado, como ya han vociferado las autoridades federales.

Mi padre era dueño de una gallera -la Gallera Borinquen- ubicada en la carretera 123 (antigua carretera 10), que conduce de Arecibo a Utuado. Poseía numerosos gallos de pelea, que atendía personalmente. Yo le acompañé alguna vez en latrabajosa faena de preparar y alimentar los gallos—como si de adiestrar boxeadores se tratara—y una que otra vez asistí a la gallera en días de jugadas. Siempre repleta de público, sobre todo hombres, de toda la región, con sus gallos cargados a cuesta en bolsas de tela, cajas de espuelas postizas de diverso tamaño y dinero en el bolsillo; para apostar, comer y beber.

Es una experiencia altamente machista y patriarcal. Si a alguna mujer se le ocurre acompañar a su pareja, como muestra de respeto, privilegio y galantería hay un lugar para ella, separado de los vociferantes y sudorosos hombres que no dejan de gritar pelea tras pelea. 

No se trata de un deporte. Tras la fachada de la autoridad de un juez de valla y de la aplicación de algunas reglas, asistimos a una pelea a muerte de dos animales cuyo instinto de conservación (natural) es manipulado e inducido por los humanos para satisfacer una sangrienta y violenta forma de diversión y para apostar dinero; altas sumas de dinero. 

Algo parecido a las matanzas de gladiadores en los coliseos romanos; o a la fascinación irrefrenable del Cid Campeador y los suyos mientras despedazaban a infieles; o a la exacerbación de instintos primitivos que provoca en ciertos humanos una corrida de toros, mientras cobardemente el torero le quita la vida al toro exhausto, desangrado e indefenso, tras recibir múltiples cuchilladas de los cómplices de ocasión. 

El gozo exaltante que provoca en algunos la sangre, la muerte, el descuartizamiento, la violencia. Y si además gana el gallo al que se le apostó, tanto mejor. Habrá que celebrarlo entre tragos. El que perdió, o regala su humillada presa de pelea al primero que se la pida, o se lo lleva para que la doña lo desplume y le prepare un caldo.

Lo que tienen de actividad—que no deporte—de caballeros las peleas de gallos se refiere, probablemente, a la seriedad habida entre apostadores, particularmente a la hora de cobrar y pagar, luego de finalizada la contienda. Se presume que quienes asisten a una gallera poseen, antes que solvencia económica—que han de tenerla, sino, ¿qué se les ha perdido allí?—solvencia moral. 

Si alguna marca coloca, por así decirlo, en la página de Cheo y desacredita para siempre jamás una gallera, es la cruz de quienes no pagan la apuesta, de quienes intentan escapar del compromiso sagrado contraído en medio de la multitud ruidosa y a la vez, aunque no lo parezca, ordenada.

Estas personas no queman ni una onza de grasa entre gallos. Son las aves combatientes las que están en forma, prestas a ser sacrificadas para deleite de esos otros. En todo caso engordan. Ejercitan, si acaso, el gaznate, las cuerdas vocales y los intestinos. Gritan, apuestan, comen opíparamente en la cafetería de la gallera, se beben hasta el Orinoco; gesticulan, vuelven y gritan, comen y beben… Todo un santo día…

Es una actividad similar a la lotería o a las carreras de caballo. A las galleras se va a ganar o a perder dinero. Los dueños de galleras las poseen como se tiene cualquier otro negocio y con el mismo propósito lucrativo. Los dueños de gallos se esmeran en prepararlos; invierten grandes sumas en huevos, gallinas, espuelas, alimentos, ayudantes y locales con la intención principal de obtener ganancias. 

Claro que forman parte de nuestra cultura. Una parte indeseable de nuestra cultura, como otras tantas. Como el machismo, la xenofobia, el racismo, o el culto a la violencia. No el gallo, ave que se aprecia y que es símbolo de valentía y arrojo, sino su utilización y maltrato.

Pero, ciento veinte años después y quinientos veinticinco años después (España 1493-1898, EUA, 1898-2018), prevalece una cultura peor. Es la cultura de la dominación. Es, insisto, la cultura de la unilateralidad. Es la cultura de que nos parezca lo más normal que otro decida por nosotros y nosotras, como si tal cosa; de la indiferencia, la resignación y la sumisión. Es la cultura castrante que dificulta que nos indignemos cuando nos atropellan con el cinismo más pasmoso. Es la cultura de querer comprar nuestras conciencias y nuestra voluntad a cada instante con cupones, tarjetas y fondos, a cambio de lo cual nos reclaman todo. Y demasiadas veces lo entregamos.

Mucho tenemos que aprender, después de todo, de la agresividad del gallo de pelea que se lanza al combate sin pensarlo dos veces. Una buena dosis de gallardía como esa nos hace falta, para disponernos a defender y proteger nuestra dignidad y nuestra Nación.

No, el problema  principal no son ni los gallos ni las galleras. Es otro animal al que tenemos que derrotar: al manilo que hoy nos atosiga una junta de control fiscal enemiga de nuestros intereses y de nuestras vidas. Es hora ya de que reconozcamos esa verdad ineludible. Comenzando por quienes hoy ponen el grito en el cielo ante esta nueva arbitrariedad congresional que afecta sus intereses particulares.

(Tomado de El Nuevo Día)