30 dic. 2018

América Latina y el Caribe: complejo escenario

Por Lázaro Barredo Mediana

Igual ha sobresalido el respaldo a los procesos políticos alternativos en Bolivia y El Salvador, así como los reclamos de libertad para Lula, y del derecho de Puerto Rico a ser una nación libre y soberana, entre otros.



América Latina y el Caribe terminan el año 2018 entre el avance de una ola de conservadurismo muy agresivo, que algunos llaman fascismo social, como fase más estructurada del neoliberalismo, y la esperanza en la lucha por el progresismo, corrientes políticas  con evidentes reflejos en las dos mayores naciones latinoamericanas: Brasil y México.

La restauración conservadora aprovechó el desgaste de la gestión de varios gobiernos progresistas, revitalizando la ideología neoliberal con el apoyo decidido del poder comunicacional y económico para responder exclusivamente al mundo de los intereses y negocios privados, debilitar los vínculos latinoamericanistas, sobre todo en acciones que dispersen a las instituciones regionales, como la Celac, el Mercosur o la Unasur. Esa ola de derecha apuesta a reforzar sus espacios, más cuando deben tener lugar las elecciones en El Salvador, Panamá, Guatemala, Bolivia, Argentina y Uruguay.

Como parte de la guerra no convencional diseñada en Washington, junto con el auge del conservadurismo, se ha puesto en marcha la llamada judialización, a partir del  uso indebido de instrumentos jurídicos para fines de persecución política, destrucción de imagen pública e inhabilitación de un adversario político, combinando acciones aparentemente legales con una amplia cobertura de prensa para presionar al acusado y su entorno (incluidos familiares cercanos), de forma tal que este sea más vulnerable a las acusaciones sin prueba, tal como ha sucedido con Luiz Inácio Lula Da Silva, Cristina Fernández de Kirchner y Rafael Correa.

La proclamación por la administración de Trump de la Doctina Monroe y las repetidas visitas de algunos de los principales funcionarios de su administración a la región para concertar estrategias obedecen a la subordinación de muchos gobiernos del sur latinoamericano, que han cedido soberanía para estar en la órbita estadounidense.

Ese capital político se refuerza con la llegada al poder en Brasil de Jair Bolsonaro, quien  comparte un fanatismo por reincorporar al Ejecutivo el fundamentalismo evangélico y el Ejército, y se manifiesta  abiertamente por su alianza con el trumpismo, avanzando una agenda contra el multilateralismo, desastrosa para el medioambiente, militarista y elitista. El nuevo presidente de Brasil pretende llevar a su país hacia una estrecha alianza con los intereses norteamericanos y esgrime la idea de aglutinar a la derecha regional para presionar a Venezuela, Cuba y Nicaragua, países a los que califica de estar “oprimidos” por “dictaduras comunistas”. Una de las primeras manifestaciones de Bolsonaro fue dirigir ofensas y amenazas contra los trabajadores de la salud cubanos, lo que obligó a nuestro país a cancelar su participación en el Programa Más Médicos.

No obstante, es inevitable la crisis en el neoliberalismo, que fomenta la exclusión social y marginalidad y potencializa la inseguridad y la violencia, como se ha visto con los embates sociales enfrentados por el Gobierno de Sebastián Piñera en Chile, o la crisis generada por Mauricio Macri en Argentina, donde según la Universidad Católica Argentina, la pobreza creció en más de dos millones de personas, mientras ata a los ciudadanos a los designios del FMI.

Igual sucede en Colombia. El presidente Iván Duque se convirtió en el mandatario más impopular desde que se realizan sondeos de aprobación. La corrupción, la inseguridad, la política educacional, la reforma tributaria y la fumigación con glifosato frente a la expansión de cultivos ilícitos son los cuestionamientos que hacen los colombianos a su Gobierno, mientras más de 200 líderes sociales han sido asesinados el año pasado y el proceso de paz se detiene, y lo que parecía ser una señal favorable para esa nación y la región terminará siendo una utopía.

La elección de Andrés Manuel López Obrador en México puede transformarse en un contrapeso de motivación para los movimientos sociales en la región, al asumir la conducción de un país que 30 años de neoliberalismo sumieron en una sangrienta guerra del narcotráfico y el crimen organizado, con índices de corrupción sin precedentes, y donde cuatro de cada 10 de sus habitantes viven en la pobreza. Al asumir la presidencia, el nuevo mandatario reiteró el enunciado de los tres principios de su administración: no mentir, no robar y no traicionar al pueblo, y presentó unos 100 compromisos que guiarán su gestión.

En su proyección de política exterior, AMLO no solo ha ratificado el retorno a las tradicionales posiciones mexicanas de no intervención e injerencia en los asuntos internos de otras naciones y contribuir a las soluciones de los conflictos en Centroamérica mediante programas de desarrollo, así como crear en la frontera con los Estados Unidos una zona libre para favorecer a los trabajadores y migrantes, cuya crisis migratoria alcanzó en 2018 características especiales con la creación de la Caravana, una acción de masas colectiva y autónoma, inédita en la historia de Centroamérica, no concebida ni planificada por ninguna estructura política, gremial, criminal o social, a pesar de las especulaciones de los medios, motivados por intereses políticos.

El Foro de Sao Paolo y las cumbres y reuniones políticas del ALBA-TCP han llamado continuamente a la solidaridad con la hermana República Bolivariana de Venezuela frente a la descomunal agresión que Estados Unidos lleva a cabo con el apoyo del llamado Grupo de Lima para desestabilizarla y el contubernio de la OEA y, sobre todo, de su abyecto secretario general, Luis Almagro, expulsado de las filas del Frente Amplio (FA) de Uruguay, al considerarse una “violación grave” que el político dijera que no se oponía a una intervención militar en Venezuela a causa del Gobierno del presidente Nicolás Maduro.

También se precisa el apoyo a la búsqueda de la paz en la Nicaragua sandinista, asediada por elementos terroristas de la oposición. La patria de Sandino es ahora la nueva víctima de la guerra no convencional, como parte del ajuste de cuentas desestabilizador que el Partido Republicano y su ejecutor, Donald Trump, pretenden desarrollar en América Latina y el Caribe con la estrategia de “poder duro” justificador de la violencia para derrocar a un Gobierno que no responda a los intereses de los Estados Unidos.

Igual ha sobresalido el respaldo a los procesos políticos alternativos en Bolivia y El Salvador, así como los reclamos de libertad para Lula, y del derecho de Puerto Rico a ser una nación libre y soberana, entre otros.

La Cumbre del Caricom abordó los complejos fenómenos de las pequeñas islas del Caribe, con una gama de graves problemas en materia económica y social derivados de la tragedia de los huracanes Irma y María, el impacto negativo del cambio climático y la discriminación que sufre la región frente a los organismos financieros internacionales. Allí, el presidente Miguel Díaz-Canel ratificó que Cuba apoyará siempre las justas demandas del Caribe de recibir un trato justo y diferenciado en el acceso al comercio y las inversiones, y de la compensación por los horrores de la esclavitud y la trata.

Al concluir el año, cobran mayor vigencia las palabras pronunciadas en nombre de nuestro Partido por el compañero José Ramón Machado Ventura en la clausura del Foro de Sao Paolo, en La Habana, cuando enfatizó que los pueblos y las fuerzas de izquierda, que con énfasis y por caminos diferentes han buscado alternativas de cambio a favor de los más humildes, vuelven a vivir una coyuntura política, económica, social y espiritual difícil. Recordó que, visto desde la perspectiva fidelista sobre la política, las actuales adversidades de la correlación de fuerzas son exclusivamente formidables incentivos para acopiar energía moral y organizar mejor a nuestros pueblos, para identificar con serenidad y rigor las debilidades y fallas cometidas, para conocer con precisión las fortalezas y limitaciones del enemigo a vencer, y para lograr, finalmente, que nuestros seguidores se empinen sobre los retos que tienen ante sí, se motiven y decidan vencerlos uno a uno.

Para Fidel la palabra derrota nunca existió. En su concepción de la vida, de las ideas justas en la política revolucionaria, solo existían reveses coyunturales. (Bohemia)