29 jul. 2016

El campamento de la Chardón

campamento
Escrito por Rafah Acevedo
Deberíamos tenerlo claro ya, en 2016. En las democracias modernas, y sobre todo en territorios coloniales donde la práctica democrática es un fraude, los partidos políticos han secuestrado las funciones de la sociedad civil. La fuente del dinamismo social, allí donde se deben elaborar propuestas políticas concretas a partir de necesidades y aspiraciones reales, se seca, se evapora, ante las estructuras burocráticas y el clientelismo de los partidos y sindicatos tradicionales.


Por eso es que los actos de desobediencia civil son tan necesarios y, a la misma vez, causan tanta sorpresa en la mayoría de la población. “¿Quiénes son esos locos que desobedecen la ley y el orden? ¿Ese grupito de revoltosos de dónde salió? Son los mismos de siempre”. No. No son los mismos de siempre. Muchos de los que hicieron desobediencia civil en Culebra ya murieron. La desobediencia civil en Vieques costó vidas. A veces han sido decenas, a veces cientos, muy pocas veces miles. ¿Es tan importante la cantidad?

Hoy hay un campamento de desobediencia civil frente al Tribunal Federal de la Avenida Chardón. Estuve la noche en la que se decidió montar el campamento. Una asamblea pequeña. La mayoría eran jóvenes. La mayoría eran mujeres. El megáfono lo tenía una joven que propuso (aquella noche) reunirse a la mañana siguiente para llegar a un acuerdo sobre cómo construir el campamento. Mujer también la joven que propuso comenzar la desobediencia allí, en aquel momento y con los que pudieran. Y esa propuesta fue la que venció. Hasta el día de hoy. ¿Había miles de personas allí esa noche? No. Pero resulta que pequeños grupos de personas pueden ser el punto de partida y, además, voceros de la voluntad común. “Las sociedades son colectivos muy plurales que evolucionan al ritmo de cambios de mentalidad que muchas veces son inspirados, precisamente, por minorías críticas» (Francisco J. Laporta, Ética y derecho en el pensamiento contemporáneo, en V. Camps (ed.), Historia de la ética, Barcelona, Crítica, 1989, vol. III, p. 259). Entonces, ¿una minoría decide por los demás como iluminados? No. Un millón de personas equivocadas son un millón de personas equivocadas. Las mayorías son cantidades y las minorías son ese quantum necesario para garantizar que toda decisión democrática tiene que revisarse, discutirse, comprobarse, continuamente. Y es que hay que repetir que el mundo capitalista es dominado por un 1% que se propone como garante de un sistema que oprime al 99% porque such is life. ¿O es que una norma jurídica como la que beneficia a Fas Alzamora bajo los principios de que los ricos pueden apropiarse del “babote y mangle” de Lajas se justifica moralmente porque fue aprobada por “la mayoría” en la legislatura? Es solo un ejemplo.

Entonces, ¿qué pasa con ese grupo de desobedientes en la Avenida Chardón? Pasa que son una conciencia disidente que ha cambiado, poco a poco, la opinión pública con respecto a la Junta de Control Fiscal. Pasa que es un factor importantísimo de movilización del mismo modo que lo es el campamento en Peñuelas. Pasa que son, de la Chardón al Sur, contra la Junta y contra la contaminación de una empresa privada defendida por un estado precario y corrupto, ejemplos de lo que son derechos democráticos. En la Chardón hay talleres, hay modos de intercambio en los que no prima el beneficio económico, hay lecturas, teatro, poesía, cine, performance, pintura, creatividad, solidaridad. Ojalá así fuera el País.

El campamento de desobediencia civil en la Chardón, ¿se parece a Vieques? La pregunta que hago es, ¿tiene que parecerse a otro campamento? Vieques fue un proceso de décadas de militancia y de diversos modos de resistencia. De hecho, Vieques sigue siendo un espacio de lucha y en espera de reivindicaciones. El campamento de la Chardón es reciente, es dinámico, se forma cada día y tiene la asamblea como columna vertebral. El diálogo, el debate de ideas, libre. Hay militancia y alegría. Hay reflexión. Se parece a sí mismo. Y espera por nosotras y nosotros. Más allá de asuntos de ética política o deber social. Y por eso también. ¿Acaso es ética la colonia y el veneno? ¿Son legales la colonia, la Junta y los depósitos de ceniza tóxica usados como relleno en toda la Isla? Por estas razones concretas, y muchas más, la desobediencia es un fundamento ético. Sin embargo, es también un centro de capacitación política. No de esa que se aprende en instituciones burocratizadas y corruptas, sino de la que se construye en la marcha. Celebro este campamento. Lo agradezco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario