13 jul. 2016

De Guayama a Aguada... asido a esperanzas y certezas

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Escrito por Bernardo López Acevedo / Especial para minhpuertorico.org
«Allí y entonces me incorporé a la trulla de locos que hacían el milagro semanal de publicar el periódico Claridad, para que el pregonero de Salinas, el grupo de Guayama, el pescador de Patillas y Don Pedro de León en Maunabo pudiesen continuar regando la semilla anticolonialista imperturbables, estoicos, con reciedumbre, firmeza y tesón patrio».





Desde los límites de Salinas y Guayama, allá para 1971, los fines de semana se oía inconfundible el pregón de un acendrado militante independentista que, a pie, hacía el trayecto: «El periódico Claridaaad». Alargaba la segunda «a» como para auxiliar al eco... y lo lograba. Llegaba hasta el casco de Guayama, porque ahí era el relevo en la distribución del periódico. Lo hacíamos conjuntamente Héctor El Gacho, le decíamos, (no retengo el apellido, pero sí el recuerdo de fiel compañero, QEPD), Kike Veglio, Rafi (el más joven del grupo y de quien tampoco recuerdo su apellido), Rafi Carrasquillo, Carlos Ortiz y Tari Colón, quien resultó ser chota de la Policía.

Todos éramos mal vistos por difundir la verdad de que Puerto Rico seguía siendo colonia nortemericana. Seguíamos impertérritos distribuyendo el periódico en la calle Calimano y una hoja suelta llamada Guamaní, de sabor localista y provinciano, que la gente despedazaba o la tomaba con asco. Cuando era evidente que la afluencia de público mermaba en el casco de la ciudad, almorzábamos algo o no almorzábamos —de verdad, nos daba igual— para emprender ruta hacia Arroyo, pasando por Machete, seguir hasta Patillas y, en ocasiones, llegar hasta Maunabo. Pasábamos cerca de Chiriópolis, playa que por poco logra que reconsiderara mi aversión a las playas... y en Patillas nos esperaba otro acendrado militante independentista, el compañero pescador Garrafa.

Si a Maunabo había que visitar, sabíamos que el bueno de Don Pedro de León nos recibiría afable, con el mismo entusiasmo de dispersar el mensaje anticolonialista. Estuve por esos predios apenas tres meses, pero me enamoraron la plaza pública de Guayama, la bandera del municipio y los acantilados de Maunabo, que me parecían imponentes y rematados en un lecho de azul inefable, incitador, amigo...

Sería ingrato no mencionar con cariño al Viejo Eugenio Mández, que operaba un vetusto hotel de madera en la calle Derkes, (Hotel Oasis), donde descansaron gratuitamente mis huesos, pues a Méndez no había que explicarle nada acera de solidaridad y compañerismo, sobre todo si se trataba de machacar que los yanquis habían engañado al mundo en 1952-53.

Un aciago día de agosto de 1971, me despertó creo que Méndez para informarme que mi madre estaba muy enferma. Capté el piadoso eufemismo al vuelo, supe que ella estaba muerta, evité desgranarme en llanto, me acicalé y fui hasta la Plaza de Guayama para solicitar los servicios de transportación de un chofer de carro público hasta Río Piedras, para ahí gestionar un relevo hasta Aguada. En ese viaje de Guayama a Río Piedras, enjugando lágrimas y acariciando viejas y presentes ternuras maternales, como para que al menos ellas no murieran también, tuve la compañía solidaria de César Vallejo y sus Heraldos Negros, que en cada curva de la carretera número 15, me recordaban: «Hay golpes en la vida tan fuertes... ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo vivido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!»

Desde luego que yo tampoco sabía y veía la belleza natural de los contornos de la carretera 15 y del barrio Jájome de Cayey, que me habían cautivado, como si se estuviesen despidiendo. En Río Piedras me esperaban tres seres de probada nobleza: El Viejo Don Rafael Rivera, René Rodríguez y Edna González Cruz (QEPD, los tres) Sin trámites, sin preguntas me sentaron en el asiento del carro de René y emprendimos viaje hasta Aguada. Allí, al ver inerte e inerme el cuerpo de quien tantas veces me había recibido alborozada, comprobé que en efectoVallejo había dado en el clavo al referirse a estos infortunios como «crepitaciones de algún pan que en la puerta del horno se nos quema».

Yo había recorrido el largo trayecto que va desde la Ciudad Bruja hasta el Oeste borincano, y todavía hoy no sé por qué albergaba la esperanza de llegar a tiempo para retirar el pan del horno.

Estos recuerdos los dedico con afecto a los compañeros que tan bien me recibieron y trataron en Guayama, con la excepión del que resultó ser chota de la Policía. Se me quedan en el tintero los salinenses del Barrio Coquí Nelson Santos —espero no haber cambiado su nombre—, y Nelson Sambolín, el amigo que piensa en colores con los cuales alegrarnos la vida.

Varios años después recorría nuevamente la carretera 15 y los lindes de Jájome hasta Guayama en puro viaje turístico. Inevitablemente me asaltaban entonces recuerdos de congoja de cuando había perdido el horno y el pan, pero no la esperanza de divulgar que Puerto Rico era y es una colonia yanqui, con el tesón del pregonero puntual e inconfundible que hacía surcar los aires todos los fines semana, desde las cercanías de Salinas hasta el casco de Guayama, para que la presencia de Claridad siguiera rumbo por Machete y Patillas y Maunabo…

Tenía 21 años. Corría agosto de 1971 (es un decir, pues agosto no corre, sino que, como Penélope, teje de día y descose de noche el sudario de la fidelidad y del azar, y las puntadas del día 4 las remediará luego el día 5, repartirá buenas nuevas el 20, el 26 y el 30, y le dirá a septiembre: «Encárgate ahora del agua, que voy a descoser lo cosido.»). Allí y entonces me incorporé a la trulla de locos que hacían el milagro semanal de publicar el periódico Claridad, para que el pregonero de Salinas, el grupo de Guayama, el pescador de Patillas y Don Pedro de León en Maunabo pudiesen continuar regando la semilla anticolonialista imperturbables, estoicos, con reciedumbre, firmeza y tesón patrio.

Bernardo López Acevedo

Escritor puertorriqueño. Fue Jefe de Redacción del periódico Claridad.

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