31 jul. 2016

Así me lo contó el rubio (Relato verídico)

cancelmiranda
Escrito por Rafael Cancel Miranda     
Poco después de que la lucha del pueblo logró sacarnos de las cárceles se nos invitó a Nueva York, a Lolita, Irvin, Oscar y a mí para que habláramos en varias universidades. En una de esas universidades había un joven alto, rubio, de ojos azules, que me seguía a todos lados como una sombra, siempre silencioso. No se separaba de mi lado, y eso me intrigó.  Llegué hasta a pensar que era un agente gringo.



Ya terminadas las actividades, caminé por mi cuenta al carro y monté en el asiento trasero en lo que esperaba a los demás. Estaba solo. Bueno, no tan solo pues ahí, al lado del carro, de pie, estaba el rubio. Decidí saber qué era lo suyo. Abrí la ventanilla del carro y lo interrogué.  Empecé por preguntarle si hablaba español. Me contestó que un poco.  Entonces le dije que lo había visto siguiéndome a cada paso y que ahora estaba ahí, que si podía explicarme las razones.  Me contestó que sí, que me explicaría, pero que si yo le permitía primero contarme una historia.  Le dije que sí, pues parecía que tendríamos tiempo, y esto fue lo que me contó el rubio.

«Mire –me dice– yo nací y me formé en un sector del “white middle class America”, donde sólo se hablaba inglés.  Todos éramos blancos y rubios.  Yo era ellos, con sus mismos gustos, prioridades, estilo de vida,  Dios allá en el cielo reinando solo y el Presidente acá en la tierra, “Old Glory” flotando majestuosa y la Estatua de la Libertad recibiendo a todos los sufridos del planeta en el paraíso terrenal.  El fútbol y el pavo de “Thanksgiving”, ese era yo, el “All-American boy”.  Tanto así, que me ofrecí de voluntario al ejército para servir a mi nación, “The land of the brave and the free”, el “All Star Spangled Banner” y “America the Beautiful”»

Al ingresar al ejército, me estacionaron en Guam.  ¡Por fin era un soldado de la democracia!  El orgullo no cabía en mí.  Allá en Guam yo buscaba, naturalmente, a los “white americans” como yo.  Eran mi sangre, mis iguales, mi gente.  Pero ellos no me buscaban a mí, no compartían conmigo, no socializaban conmigo, algo que no podía entender pues yo era ellos.  Físicamente éramos los mismos, el inglés lo hablábamos sin acento, teníamos los mismos valores.  ¿Qué pasaba, entonces, que no compartían conmigo?  Hasta me evadían, y yo no tenía lepra, ni enfermedad contagiosa alguna.

La situación empezó a preocuparme, casi como una obsesión.  En un momento de lucidez sí pensé que había una diferencia entre ellos y yo.  Ellos eran Smith, Johnson, Brown, Harrison, Jackson, Rogers, Lee, Marshall.  ¡Yo era González!  Ahí es cuando empieza el trauma que casi me lleva al suicidio.  Le escribí a mi familia para que me explicaran por qué soy González.  Me contestaron, casi con dolor y vergüenza, que éramos descendientes de puertorriqueños.  Para mí fue una pesadilla.  Pasé noches llorando a solas al descubrir que yo no era quien creía ser, que yo no era americano, que era uno de esos puertorriqueños.

Después de un tiempo de agonía, lamentaciones y vergüenza, quise saber qué era ser puertorriqueño.  Empecé a leer todo acerca de Puerto Rico y su gente y, por primera vez, a  escuchar su música.  Estudié su historia, ¡hasta convertirme en un verdadero puertorriqueño!

Así como cuando me creía americano y quise servir a “Old Glory”, ahora quiero servir a mi bandera monoestrellada y por eso estoy aquí, lo he estado cuidando porque me encomendaron ser su guardaespaldas.

Salí del carro, nos abrazamos y, gracias a lo que me contó el rubio, comprendí a tantos otros puertorriqueños –de aquí y de allá.  Pero ¿podrán encontrarse a sí mismos esos otros?  ¡Ojalá!

No hay comentarios:

Publicar un comentario