17 may. 2015

La ruina y el abandono

Eduardo Lalo / Claridad

No hace tanto me propuse un proyecto fotográfico-ensayístico. Se trataba de recorrer minuciosamente las dos aceras de la avenida Central e ir fotografiando las fachadas de los locales abandonados, vacíos o en ruinas que encontrara en el camino. Mi impresión era que éstos compondrían un tercio de las edificaciones. Esto no ocurría en una zona periférica de San Juan sino en su mismo centro, en una arteria que había recorrido en innúmeras ocasiones desde la niñez hasta el día de hoy.

En dos o tres ocasiones he ido a Arecibo armado con una cámara. Recorrí su malecón desierto, recalé por un parque alucinante poblado por una combinación de figuras gigantes de dinosaurios, lobos que aúllan al cielo, astronautas y la familia en pleno de Pedro Picapiedra. En un recodo, una veintena de personas celebraba un cumpleaños, en el resto de los predios no se solazaba un alma. Frente al parque estaba el Atlántico y paradas de guaguas inexistentes, acaso restos arqueológicos de un proyecto de transportación urbana que nunca se llevó a término y en el que se desperdició una cantidad apreciable de recursos. Las paradas frente al Atlántico constituían un monumento a la inutilidad y también al mal uso de fondos y a la corrupción política-empresarial.

El casco urbano de Arecibo merece describirse, fotografiarse, documentarse. Lo constituyen varias cuadras en las que queda poco más que el cascarón de las edificaciones. Muchas de ellas conservan sobre la puerta la fecha de la construcción. Casi todas se retrotraen al siglo XIX. Sus pisos se han desfondado, dentro de ellas ha crecido un pastizal amurallado que convive con la espontaneidad de un basurero. Un sábado en la tarde avanzada se escuchan, desde las pocas que aún conservan inquilinos, los aparatos de televisión a todo volumen. Hay gente que sale a los balcones o se para frente a los zaguanes. Los habitantes olfatean al forastero y le clavan la mirada.

En la parte final de una calle que va en dirección a uno de los extremos de la avenida del malecón, hay en un círculo de cemento una reproducción enana de la Estatua de la Libertad. Su tamaño es patético, causa la misma impresión amarga que produciría encontrar en esa escala y ubicación la Torre Eiffel o la Gran Pirámide de Guiza. La corona de la mujer está mellada, el cemento se despelleja con el salitre. Desde un balcón un viejo me mira incrédulo. Imagino que no puede entender por qué fotografío esa cosa.

Rehago camino y veo más fachadas comidas por la intemperie de la indiferencia, falta de visión, actitudes anticulturales, por las apuestas a la especulación. La historia reciente borra la historia de Arecibo, nuestra Bagdad del Capitán Correa, donde la ruina se ha convertido en paisaje.

En estos días, luego de no poder aprobar el IVA en la Legislatura, el gobierno anuncia, o más bien amenaza, con reducir o eliminar los fondos de un catálogo amplísimo de organizaciones. Menguaría significativamente el presupuesto de hospitales, proyectos comunitarios que atienden a toda clase de necesitados, de instituciones académicas, culturales, de compañías artísticas. El anuncio ha sido recibido con preocupación y angustia pero también con indignación. Pero ante la avenida Central y Arecibo me pregunto si este recorte de fondos, si este abandono a su suerte y medios de tantos proyectos valientes y valiosos, no ha sucedido ya sin que nos hayamos percatado. Acaso esto aconteció incluso en la época de las vacas gordas, cuando todavía nos prestaban casi ilimitadamente y se podía dar la impresión de que todo estaba en orden. Las ruinas de hoy, la avenida Central, Arecibo, tantísimos otros pueblos, ciudades, edificios, plazas, parques, balnearios, escuelas, no vienen de ayer. Son el resultado de un abandono continuo, concertado y previo.

A pesar de las mitologías, en nuestro país los más necesitados no disfrutan del mantengo. La economía de la dependencia, que reparte cheques de alimentos u otras ayudas a cerca de un 70% de la población, es una fuerza incuestionable en la creación de ruinas. Contrariamente a lo que con frecuencia se piensa, la beneficencia no crea bienestar sino supervivencia: una vida de mínimos que con el tiempo degrada cuerpos, mentes, edificios, sistemas, absolutamente todo. El único cambio efectuado por el clientelismo y las prebendas públicas se da hacia abajo, hacia la degradación de las personas y las estructuras.

La chocante ironía de las últimas décadas es que el Estado de Bienestar puertorriqueño estuvo diseñado para atender a las capas superiores de la población. El empresarismo puertorriqueño y extranjero se beneficia de exenciones, de incentivos, de préstamos, de intereses preferenciales, de posposiciones de pago, de concesiones gratuitas de edificios públicos, de traspasos de empresas y servicios, que minimizan la posibilidad del fracaso o que permiten una salida rápida sin pérdidas apreciables. Sin habernos percatado vivimos en una sociedad que minimiza el dolor, el esfuerzo, la pérdida y el fracaso. Una sociedad compasiva y fraterna, en extremo solidaria. El único problema es que este Estado de Bienestar tiene como objetivo un por ciento minúsculo de la población, procurando que éste no salga de su zona de confort, arriesgando poco, con la seguridad de que no hay peligros verdaderos.

Por ello, la amenaza de los recortes de estos días no es nada nuevo. Afectarán lo que ya está en ruinas para apuntalar la seguridad económica de empresarios, políticos, profesionales, que piensan que merecen estar por encima del sacrificio. Solamente se estará abandonando más lo que ya estaba abandonado: nuestra avenida Central o nuestra Bagdad del Capitán Correa, las ruinas a las que dedicamos nuestros mejores años.

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