11 sept. 2014

La muerte y la ciudadanía yanqui

Por Rafael Cancel Miranda


Que yo soy puertorriqueño,
no soy ni gringo, ni holandés,
y no hay poder bajo el cielo
que me haga renegar de mi ser.

¡Cuántos muertos nos ha costado esa maldita ciudadanía estadounidense! Cuando joven, preferí cumplir dos años de cárcel como puertorriqueño, que es lo que soy, a dejar que me convirtieran en un soldado asesino del ejército estadounidense y matar coreanos que nada le habían hecho a mi gente. Muchos fueron los jóvenes boricuas que murieron en la agresión contra el pueblo coreano. 

Como andan unos politiqueros por ahí que quieren pasarse de superciudadanos “americanos”, pregunto: ¿cuántos de ellos se ofrecieron de voluntarios para morir en batalla por su gran ciudadanía? ¿Para cuál de las guerras se ofrecieron Luis A. Ferré,  Hernández Colón o los Hernández Mayoral, Romero Barceló, Rosselló, Fortuño y todos ésos que se declaran superciudadanos del país invasor?  No es por casualidad que han hecho un vivío de su “superamericanismo”.  En el caso de Luis A. Ferré, durante su larga vida fue testigo de la Segunda Guerra Mundial y las guerras de Corea y de Vietnam. Para ninguna se ofreció, mientras miles de jóvenes boricuas morían en esas guerras. Las estadísticas revelan que en estas guerras hubo, proporcionalmente, más soldados puertorriqueños que de cualquier estado de la unión americana.

La ciudadanía estadounidense nos fue impuesta el 2 de marzo de 1917, pese a la oposición del parlamento puertorriqueño, para dos meses después, en mayo de ese mismo año, imponer el Servicio Militar Obligatorio. Jamás he aceptado esa ciudadanía, ni la imposición de su servicio militar. Es que acaso si los yanquis aprobaran una ley declarándonos perros, ¿vamos a ladrar? Sé que hay quienes ladrarían y hasta tratarían de menear el rabo. Pero soy y seré siempre de los que no le menearán el rabo jamás al imperio. Por fortuna para nuestro pueblo hay miles que piensan igual que  yo, entre ellos el ejemplo de don Ramón Medina Ramírez y sus cinco hijos –entre ellos uno ciego– quienes fueron todos encarcelados a la vez por su negativa a inscribirse en el ejército yanqui. ¡Gloria eterna para ellos!

Fuente: Claridad

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