23 sept. 2014

Eduardo Lalo: puertorriqueño, escritor, defensor de nuestra cultura

Eduardo Lalo
Foto: Alina Luciano Reyes
Por Natalia Ramos Malavé
En Rojo

Sensible a los problemas sociales que ocurren a su alrededor. Férreo defensor de la cultura puertorriqueña. Crítico de las injusticias. Amante de las letras, la pintura y la fotografía. Así se describió el escritor y profesor universitario, Eduardo Lalo tras una conversación con En Rojo. 

Con un tono amable y firme, el escritor confesó que el Premio Internacional Rómulo Gallegos, otorgado en Venezuela en 2013, abrió un espacio para llegar a un público insospechado. 

A continuación hacemos entrega de las preguntas realizadas a Eduardo Rodríguez, mejor conocido como Eduardo Lalo. 

Primeros años

Eduardo Rodríguez nació en la Habana, Cuba. Sin embargo, no se considera cubano pues vivió en la hermana isla sólo 16 meses. 

Después de pocos años, su padre (originario de Asturias, España) decide establecerse en Puerto Rico. Arribó a la Isla en 1962, junto a su madre y hermano mayor.

Estudió sus años primarios en el Colegio Guadalupe, Puerto Nuevo. Luego en los Colegios San José y San Ignacio. 

Algunos sucesos definieron su futuro. 

¿Eduardo Rodríguez sabía cuál iba a ser su profesión?

Fui atleta, corredor de fondo y era muy bueno. Pero, inexplicablemente me comenzó a ir muy mal en las competencias. Y por una condición de salud tuve que abandonar el deporte. Fue entonces que comencé a interesarme por la lectura.

Al graduarme de escuela superior, obtuve una beca y fui aceptado en la Universidad de Columbia, Nueva York. Me gustaba la historia y la literatura. Ya tenía un deseo difuso de escribir, pues no sabía cómo hacerlo. (Al principio) lo hacía muy mal. Pero sí tenía un deseo, algo importante para mi futuro. 

Escribir llegó como una especie de camino. Uno se acerca a la escritura porque faltan cosas, piezas para explicar el mundo, para explicarse uno mismo, para vivir. 

Uno se conecta con eso de forma muy poderosa y muy misteriosa. Por eso no sé si es amor a primera vista. Amor es necesidad a primera vista. Falta a primera vista.

Luego de Nueva York estudié en París, en lo que se conoce como la nueva Sorbona. 

¿Cómo compara vivir en tres lugares tan distintos: Puerto Rico, Estados Unidos y Europa?

En Puerto Rico se le daba la espalda a muchas cosas. A una ciudad, al medio ambiente. Sobresalía la ilusión del consumo desenfrenado. Era común ver eso, pero siempre estuve claro. Nunca tuve interés en esas cosas.

Nueva York era una ciudad grande, extraordinaria, una verdadera ciudad. Importante en el mundo. Me hizo tener esa experiencia de vivir en un medio urbano.

Sin embargo, la cultura intelectual está más presente en Francia.

¿Hubo intención de no regresar a Puerto Rico?

Mi lugar en el mundo no lo sentía por allá, sino acá. El regreso a San Juan fue muy duro. Nosotros somos muy ingratos con el que regresa. Algunas personas piensan que el que regresa es una especie de fracasado. Eso es una una mentalidad terrible.

Además que fue muy difícil vivir distante, muy duro estar lejos. En esas ciudades, la supervivencia es muy difícil. 

Mi novela La Inutilidad en parte trabaja con la experiencia del regreso. 

¿Cuándo Eduardo conoció a Lalo?

Mi padre me decía Lalo. Una vez estando en Francia tuve un sueño donde firmaba como Eduardo Lalo. No le presto atención al sueño y en la tarde voy a una librería. En una parte de discos, observo algunos títulos y veo un disco de Sinfonía en español. Era de un compositor francés del siglo 19 que se llamaba “Édouard Lalo”. Entonces me dije: “ésa es la señal”. 

Desde ese momento decidí firmar como Eduardo Lalo. Curiosamente luego de eso, mi padre dejó de llamarme Lalo. Pero mi madre decía que en privado, cuando hablaban de mí, mi padre me decía Lalo. Pero delante de mí no. No tengo manera de explicar eso.

Simone

Fue un proyecto a punto de desaparecer. Sabía que había cosas por desarrollar. Pero se me fueron metiendo varios libros en el medio como Donde, Los países Invisibles y El deseo del lápiz.

¿Existen aún libros inéditos?

Sí, hay un ensayo que se llama Intemperie. Tiene seis años. Tengo otro de fotografía. Pero ese momento de publicar llegará. 

¿Cómo es su vida antes y después del Rómulo Gallegos?

Hay una diferencia, no conmigo, sino con el trato hacia mí. (Lo veo) como una oportunidad para hablar, públicamente. Me propuse no decir palabras vacías. Estoy comprometido con el discurso que sale de mi boca y de mis manos.

Un poco choca que este individuo diga lo que piensa. Hay una producción de pensamiento, una relación sofisticada de uno con la realidad, escrita o verbal.

A nivel personal agradezco mucho el aprecio de la gente. Pero, a veces hay mucha negatividad, por distintas razones. Muchas tienen que ver con las más bajas pasiones.

Pero, vivo en el mismo sitio, trato de hacer las mismas cosas, corro bicicleta y tengo los mismos problemas. 

¿Cómo llega Oscar López Rivera al discurso de Eduardo Lalo?

Es una cuestión de justicia fundamental. La primera vez que lo mencioné fue improvisado. Fue en una Feria Internacional del Libro en Lima, Perú. Recuerdo que al lado derecho tenía al Ministro de Cultura peruana y a la izquierda a la viceembajadora de EE.UU. Me piden unas palabras y hablo de la historia de Puerto Rico. 

En América Latina hay una injusticia. A pesar de que vivimos en una época donde hay una gran celeridad en las comunicaciones, no habían escuchado que Puerto Rico fue conquistado dos veces. También hablo de la injusticia que se comete con Oscar López. Después de eso, la embajada de EE.UU. retiró su auspicio a la feria y hubo protestas. La embajada envió luego a una mujer latina, como una especie de informante que dialogaba conmigo. 

En Bogotá mencioné de nuevo a Oscar López. Es curioso que cada vez que lo hacía me detenían en el aeropuerto. Me pasaban un papelito por la ropa y las manos. Luego descubrí, porque me extrañaba mucho, que era para saber si había manejado explosivos. 

En las dos últimas ocasiones ha dado positivo, lo que es sumamente llamativo para mí. No parece ser otra cosa más que generar molestia. Ni los empleados (de Aduana) lo toman en serio, la prueba.

Al menos sé que al otro lado, mis palabras no caen en el vacío. Oscar López recoge la tragedia de Puerto Rico, de lo que no se escucha. Sé que al menos, hay una persona escuchando, de una manera perversa, pero escuchando. 

Sin embargo, pueden expresarse miles de personas (a favor de su liberación), pero (públicamente) nadie recibe el mensaje, no se hace ningún gesto, como en otras tantas áreas que tienen que ver con nuestro desarrollo.

Alguien que lleva 33 años como Oscar López merece que uno se tropiece con esas mínimas molestias. Por la injusticia que se comete. 

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