26 ago. 2013

Reunión: Organización de actividades Centenario Oscar Collazo López

Reunión para la organización de actividades del Centenario Oscar Collazo López

Sábado 31 de agosto, 2013

2:00 p.m. - 4:00 p.m.

Casa Aboy, Ave. Ponce de León 900, Miramar


         

Agenda
Misa solemne en recordación de Griselio Torresola 3 de noviembre 2013, 7:00 pm Iglesia San Antonio, Río Piedras. Necesitamos organizar la parte musical de la misa. La oficiará el Padre Jimmy.
Presentaciones libros de Oscar Collazo - Ediciones conmemorativas. Todavía no tenemos fecha de entrega.
Conmemoración Centenario Oscar Collazo domingo 19 de enero de 2014. No hay nada organizado así que sugerencias serán bienvenidas.
Invitación a que se sientan libres en organizar actividades adicionales como parte de la Jornada del Centenario.

¿Quiénes pueden asistir? Toda persona que crea en la independencia de Puerto Rico y quiera colaborar en la organización de estas actividades para honrar la memoria del héroe nacional Oscar Collazo López.

¿Que deben traer? Un corazón abierto y las manos extendidas.

Favor de circular, compartir, llamar e invitar.

Convoca: Fundación Centenario Oscar Collazo

21 ago. 2013

Nuestra gratitud al Presidente Maduro

Por Héctor Pesquera Sevillano y Julio Muriente Pérez
Copresidentes del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano (MINH)

Una vez más su gesto solidario hacia Puerto Rico al anunciar públicamente su decisión de proponer en la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), la incorporación de nuestro país, nos hace pensar que nuestros ideales de independencia y soberanía no son ya una agenda inconclusa en el ideario de Bolívar.

Por este medio, el Movimiento Independentista Nacional Hostosiano de Puerto Rico desea hacerle llegar nuestro agradecimiento al mantener vivo el vínculo solidario entre la Patria Bolivariana y el Puerto Rico que soñaron nuestros respectivos próceres: Simón Bolívar, Ramón Emeterio Betances (Padre de la Patria puertorriqueña) y Eugenio María de Hostos (Ciudadano de América), entre otros no menos significativos.

Desafiar el colonialismo día a día es tarea ardua en nuestra tierra. Cada paso que demos en solidaridad compartida significará la pronta liberación de nuestra Patria.

Para nosotros será un orgullo formar parte de la Celac porque según usted mismo ha afirmado en sus recientes declaraciones: «Puerto Rico tiene todas las condiciones económicas, culturales, idiomáticas de identidad para formar parte de la Celac y de esta manera comenzar a romper las amarras del colonialismo existentes en Latinoamérica.»

Desde ahora le participamos que haremos una consulta entre los distintos grupos que abogan por la independencia y soberanía de Puerto Rico para manifestarnos con una sola y firme voz a favor de su propuesta y de los países hermanos miembros de la Celac.

Nuestra gratitud eterna por reconocernos como caribeños y latinoamericanos y miembros de Nuestra América, pues jamás hemos dejado de pertenecer a ella a pesar del colonialismo al que Puerto Rico ha sido sometido por más de cinco siglos, primero bajo el imperialismo español y luego bajo la bota invasora de Estados Unidos. Somos latinoamericanos y caribeños por decisión propia, no impuesta. 

Cuente asimismo, con nuestra solidaridad siempre.

¡Venceremos!

*Mirando al Sur, columna semanal del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano de Puerto Rico en el periódico del gobierno bolivariano de Venezuela, Correo del Orinoco.

19 ago. 2013

Carlos

Carlos Muñiz Varela
Por Mayra Montero / El Nuevo Día


En la librería La Tertulia asistí a un evento singular. El pasado 10 de agosto se celebró allí el sesenta cumpleaños de Carlos Muñiz Varela, asesinado a tiros a los 26. Muñiz Varela había abierto en San Juan la primera agencia de viajes que facilitaría un poquito las cosas a los cubanos de Puerto Rico que ansiaban visitar a sus familiares en Cuba. Por eso lo mataron: ni era espía, ni le debía nada a nadie, ni distribuía cocaína. Había fundado un negocio legal para propiciar viajes a Cuba, eso era todo.

Confluyeron en su asesinato dos elementos básicos: una ultraderecha de origen cubano, de vocación violenta, demostrada en otros atentados y el derribo de aviones, y una policía dominada por elementos mafiosos y escuadrones de la muerte.

La Policía de Puerto Rico nunca se recuperó del todo de ese tránsito por el retorcido abismo. Lo que hemos visto en años recientes no ha ocurrido por casualidad o combustión espontánea. El podrido líquido de la corrupción y el crimen organizado percoló la base de la institución y ha costado -y costará- Dios y ayuda erradicarlo. Basta que surjan las condiciones propicias, un gobierno un poco intolerante o una legislatura represiva, para que las viejas lacras se reaviven y empujen a la Policía por abusivas sendas.

Lo más reciente en el caso de Muñiz Varela fue la solicitud que hicieron desde la oficina de Tony West, del Departamento de Justicia federal, para que el secretario de Justicia de Puerto Rico, Luis Sánchez Betances, les hiciera llegar las peticiones de desclasificación que ha estado haciendo la familia. Eso fue hace unos días y es todo un acontecimiento: por primera vez en 35 años hay contacto directo entre las dos agencias con respecto al asesinato de Muñiz Varela.

Pero al asunto que iba. Como parte de la actividad en La Tertulia, se exhibió el documental “Recordando a Carlos”. Entre el público estaban familiares y amigos de Muñiz Varela. Treinta y cuatro años después del crimen, la madre vio por segunda o por tercera vez ese documental. En él, se cuenta todo: quiénes se confabularon; dónde se reunieron; cómo lo atacaron, de la manera más salvaje, en las calles de una urbanización donde a esa hora paseaban adultos y jugaban niños. En el relato fílmico, se rescata el fragmento de una entrevista que Luis Francisco Ojeda le hiciera a Julio Labatut, eterno sospechoso del crimen. Cuando Ojeda se refiere al asesinato de Muñiz Varela, Labatud lo interrumpe: “No fue un asesinato”, dice, “fue un ajusticiamiento a destiempo. Y digo a destiempo porque lo mataron a los 26. Debieron haberlo matado cuando nació”.

Eso se atrevió a decir frente a las cámaras, de cara a los técnicos y a toda la audiencia. Pero lo horrendo no es que lo dijera, sino que, después de haberlo hecho, lo siguieron recibiendo con bombos y platillos cada vez que visitaba el programa de chismes que salió del aire. En todos los años que estuvo mandando arreglos florales de felicitación porque el programa salía número uno en las encuestas, yo nunca vi que nadie iniciara un boicot ni le exigieran al dueño del Canal que ordenara devolver las flores de ese vil individuo. Durante años, Labatut estuvo visitando el set del famoso programa y lo recibían con cariño y hasta admiración. La empresa, además, le pedía flores para otros espacios. Eso sí es una inmoralidad y fuimos pocos los que abrimos la boca.

A base de esa condescendencia y los estrechos lazos, la expresidenta de la Cámara de Representantes, Jennifer González, decidió hacerle un homenaje a Labatut. Nunca podrá alegar ignorancia. Me consta que le hicieron llegar evidencia de las turbias actividades del sujeto, y de la extraña forma en que corrió a prestar la fianza de Alejo Maldonado, en el 82. También le mandaron la grabación íntegra del programa de Ojeda. Aun así, la Cámara lo homenajeó. La Legislatura ya venía mal, con mucha gente rastrera y corrupta en sus curules, pero éste fue un puntillazo del que no se ha recuperado. Todos aquellos mamarrachos, encerrados como ratas, aplaudiendo y rindiendo pleitesía a un tipo que hizo apología del crimen.

A mí me importaba y me importa un pepino que en un programa de televisión se hable de adulterios u onanismo. Total, siguen hablando de lo mismo, con más o menos bobería, pero, ¿qué ha cambiado? Porque yo percibo a cada rato un ramalazo homofóbico o sexista. Lo que pasa es que, al ganar el boicot, se quemó un arma importante, y se hace cuesta arriba organizar otro. El programa de los “casos cerrados”, que sintonizan hasta en las oficinas médicas, ¿no es acaso indigno por el tratamiento que se les da a los seres humanos, y el irrespeto con que se tocan temas terribles y dolientes de la humanidad?

Repito que no me importan ni los cuernos ni los escándalos de la farándula. Me importaba, y me hería, que el Canal 4 y el programa de chismes permitieran el paso a un terrorista sin escrúpulos que los llenaba de flores.

Cuando se encendió la luz en La Tertulia, luego de ver el documental aquella noche, la madre de Muñiz Varela se enjugaba las lágrimas con un pañuelito. Acababa de oír al autor intelectual del asesinato de su hijo, declarar que había sido “un ajusticiamiento a destiempo, porque debieron matarlo cuando nació”.

No sé si ella se acordó del homenaje, y del día en que el Capitolio se llenó de fango. Yo sí.

7 ago. 2013

Mirando al Sur: Eduardo Lalo

Por Vilma Soto Bermúdez / MINH

«Agradezco profundamente que sea aquí en Venezuela, donde quizá por primera vez en mi vida, haya sacado del bolsillo mi verdadero pasaporte, aquel en que ninguna de sus palabras me niega o me condena. Por fin, luego de leer mis datos opacos y turbios ninguna autoridad me detiene.

»Así, como los antiguos nautas del Caribe, viajo hacia el norte y hacia el sur, del Mar de las Antillas a la costa venezolana y más allá. Voy y a la vez regreso y ya no sé exactamente lo que significan los puntos cardinales, las islas o los continentes, porque esta noche mi pasaporte ya no es una equivocación o una decisión tomada por un extraño, una agenda inconclusa, una incapacidad histórica o un cúmulo de renuncias, sino una forma en que generaciones de puertorriqueños se han enfrentado a las violencias de su historia, al vacío del océano, a su dolor, a su lucha, al fracaso y han formulado así palabras que se unen a las voces de todos aquellos que se han enfrentado en cualquier tiempo y lugar con los límites de sus cuerpos y sus sociedades.»

Así se expresó en su discurso el escritor Eduardo Lalo al ser galardonado con el Premio Rómulo Gallegos en la XVII edición del certamen por su novela «Simone».

Brillante síntesis del escritor de lo que ha sido la vivencia del Puerto Rico doblemente colonizado. Un pueblo con pasaporte impuesto, ataviado con una ciudadanía atosigada a la trágala; balsa de piedra navegando por el Caribe, observada de lejos y de lejos ninguneada por quienes desconocen su historia, su rabia, su dolor, su bravura.

«Vengo de Puerto Rico, frontera extrema de América latina, el único país latinoamericano conquistado dos veces. […] Soy de un país que resistió solo, por la fuerza de su propia cultura, a las imposiciones imperiales del país que domina y seduce desde el comienzo del siglo XX.»

Esa noche dejamos de ser invisibles; nuestra agenda inconclusa empezó a escribirse por caminos nuevos. Lalo dio a conocer a este Puerto Rico que arroja  palabras de dignidad al mar. Ese mar que nos hermana en un pasaporte libre y Nuestroamericano.


*Mirando al Sur, columna semanal del Movimiento Independentista Nacional Hostosiano de Puerto Rico en el periódico del gobierno bolivariano de Venezuela, Correo del Orinoco.

2 ago. 2013

Eduardo Lalo recibe Premio Rómulo Gallegos

El Premio Rómulo Gallegos reconoció la obra literaria "Simone", del puertorriqueño Eduardo Lalo en la XVII edición del certamen. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, encabezó el acto y sostuvo que se hace entrega del premio a un "extraodrinario hombre de las letras de nuestra América Latina y del Caribe". 


Caracas, 2 de agosto, 2013. - La XVIII edición de este premio se celebró en el Teatro Teresa Carreño, ubicado en la ciudad de Caracas (capital venezolana).

En ese evento participaron 200 obras de 17 países, y el jurado estuvo conformado por Juan Duchesne Winter, el venezolano Luis Duno-Gottberg, y el argentino Ricardo Piglia, ganador de la edición anterior del certamen.

Eduardo Lalo, de 53 años, ha publicado los títulos: La isla silente, Los pies de San Juan, La inutilidad, Dónde, Los países invisibles, y El deseo del lápiz.

El pasado 2011, la editorial argentina Ediciones Corregidor, inauguró su colección de literatura caribeña con su novela Simone, ganadora del Premio Rómulo Gallegos.

Durante la premiación, el presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, sostuvo que Eduardo Lalo es un “grandes ligas de la literatura de nuestra América” y que a través de su novela “nos sentimos en estas urbes expresadas por las batallas de Simone (…) por sus palabras creemos que conocemos a Puerto Rico de lejos”.

El mandatario indicó que el Premio Rómulo Gallegos “tiene toda la historia de insignes hombres y mujeres de las letras” y que “con la llegada de la Revolución bolivariana se dio una valoración especial al proceso cultural venezolano y de Latinoamérica (…) el Premio Rómulo Gallegos como un nuevo impulso”.

En ese sentido, destacó que “hoy hemos tenido la inmensa fortuna de conocer a Eduardo Lalo y haber entregado el Premio Rómulo Gallegos a este extraordinario hombre de las letras de nuestra América Latina y del Caribe”.

Hizo referencia a la reflexión previa de Eduardo Lalo, quien sostuvo que este premio colaboraría en que el mundo fijara más su atención en Puerto Rico, y en la situación de Estado Libre Asociado que cuenta por parte de Estados Unidos. "Quiero pensar que al premiar mi obra se está premiando la literatura de un país invisible por nuestra situación colonial, un país que está en una región que el mundo ve con gran grado de marginalidad", destacó el escritor Lalo.

“Más temprano que tarde veremos reverdecer (…) escucharemos en nuestros oídos atentos el nacimiento de una república en Puerto Rico, libre e independiente. Gracias por existir y por ser”, finalizó el jefe de Estado venezolano.

El premio se otorga en honor al célebre escritor y político venezolano, Rómulo Gallegos, quien este 2 de agosto cumple 129 años de su natalicio. (teleSur)




***

El "hermoso hoy": Discurso pronunciado por Eduardo Lalo con ocasión de la entrega del Premio Rómulo Gallegos (2013) a su novela «Simone».

El “hermoso hoy”
Eduardo Lalo

La mayor parte de los habitantes del mundo poseen orígenes definidos, estables, prácticamente incuestionables: un lugar, un pueblo, una nación, un documento estatal, que establecen claramente sus coordenadas personales. Sin embargo, existen también otros habitantes del planeta cuyos orígenes son preguntas, equivocaciones o condenas. Recuerdo mis tiempos de estudiante en Europa, cuando invariablemente me detenía la gendarmería francesa en sus puestos de frontera. Recuerdo como el ceño del oficial se fruncía al examinar mi pasaporte, como comparaba la foto con mi cara, como volvía sobre el documento, como me dejaba esperando ante el mostrador y regresaba con un superior que, luego de examinar nuevamente las páginas de mi documento de “identidad”, me preguntaba con una mezcla de desprecio y celo policiaco: “Qui etez-vous?”, “¿Quién es usted?”

En ese documento que permite acceder al resto del mundo, se consignaba, sin explicación, un puñado de datos desorientadores que en mi caso confundían orígenes con legalidades. En el pasaporte no estaban mis lealtades o, lo que es lo mismo, la explicación de mí mismo dada desde la consciencia de los afectos. En ese pasaporte concedido a Eduardo Alfredo Rodríguez Rodríguez se le informaba a los aduaneros del mundo que el que tenían ante sí era un ciudadano estadounidense nacido en Cuba y (en esa época, hace unos 30 años, y he aquí otra instancia por la que ha aumentado nuestra invisibilidad) que este documento había sido emitido por el Departamento de Estado del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. En lugar del pretendido efecto clarificador del pasaporte, entregaba un documento opaco y turbio. Desde entonces, he debido sintetizar en las fronteras en las que he sido detenido una formulación factual que resulta para muchos casi incomprensible: “No soy estadounidense, no soy cubano, soy puertorriqueño.” La explicación larga de esto, la abarcadora pero siempre incompleta, se halla de maneras no del todo evidentes, en mis libros.

A veces alguien tiene la fortuna, y ésta aumenta en aquellos cuya historia familiar está asociada al exilio, la lejanía y la pérdida, de hallar un lugar en el mundo. Recibí este don cuando apenas tuve consciencia de mí mismo, montado en una bicicleta en cuyo manubrio iba trabado perennemente un guante de béisbol. En cualquier calle se armaban partidos con jugadores que ahora bateaban y corrían las bases, pero que solo un rato después se reagruparían en nuevos equipos, luchando bajo los aros de una cancha de baloncesto. Allí, entre esos muchachos, supe ya lo que ningún pasaporte ni ningún oportunismo podía confundir ni negar: era como cualquiera de mis amigos, era un puertorriqueño más. Conocí así lo que muchas décadas después descubriría en una frase de Derek Walcott: “...que el propósito de la poesía es quedar enamorado del mundo a pesar de la Historia.”

Durante décadas mis pasos me han llevado por las calles de San Juan hasta la gran explanada que queda ante el Castillo del Morro, la fortaleza principal del sistema de defensas que construyó la corona española. Por siglos nuestra ciudad fue la boca de América. Allí comenzaba su cuerpo de casi incontables miembros y comenzaban también, luego del azaroso cruce de los mares, las palabras que se compartían desde ese litoral hasta la Patagonia. He ido allí incansablemente desde que supe que mi vida estaría asociada a la escritura, desde que en una noche lejana de París, Eduardo Rodríguez se convirtió en Eduardo Lalo. Me paro en lo alto de las murallas y observo el mar, la lejana línea del horizonte que tantas veces he fotografiado. Para los isleños, el océano puede ser un desierto. Todo o casi todo llega por él, pero a la vez ese espacio es infranqueable. Uno queda allí, sobre la muralla, en el límite de lo habitable, observando el punto más distante. Pero allí también, el escritor que llegué a ser, descubrió el poder devastador de la indiferencia y el silencio. Por esto, probablemente, regreso a esa muralla a contemplar un silencio y un espacio sin límites, a los que aparentemente no hay nada que oponerles. Ante ese vacío entendí que tenía que aprender a sobrevivir a ese océano, que era la imagen de la distancia, el abandono y el aislamiento, y que esta lejanía del mundo había llevado a su fin a tantos artistas y escritores del Caribe. Allí, sobre la muralla, me percaté por qué las palabras morían tantas veces en nuestras bocas y en nuestras páginas; conocí cómo la historia era una máquina de invisibilizaciones; supe cómo en Puerto Rico la respiración estaría siempre en lucha contra la asfixia. Al igual que en las más altas montañas del planeta, el mar que nos separaba y desdibujaba era una zona de la muerte.

Un día, ya no recuerdo cuándo, supe desde lo alto de esa muralla, con la vista clavada en el horizonte, que era desde ese lugar que debía pensar y escribir. En realidad mis pies pisaban un espacio incomparable. No era un ámbito menor ni prescindible, como tantas veces las toxicidades de nuestras dos conquistas -la española y la estadounidense- nos habían llevado a pensar. Era un lugar privilegiado para reescribir el mundo, un espacio de visión, un lugar al que solo se podía arribar después de recorrer muchos caminos. Era, es cierto, un sitio roto, sucio, a veces nimio, pero en él se encontraba todo lo humano. Allí estaban también todas las palabras. Si hubo una epifanía ante ese mar, fue que nuestra pobreza me daba una libertad enorme. Sobre esa muralla supe que muchos otros, de los más diversos países y épocas, habían observado también ese horizonte, pero que en su caso podía haber sido un desierto o una cordillera, la pampa o la favela, la injusticia, la locura o la sexualidad, y se habían dado cuenta como yo que en lo sucesivo su deber era permanecer allí hasta que la lucidez redefiniera el dolor.

En algún lugar dije que escribo para reivindicar nuestro derecho a la tragedia. Sobre esa muralla del Castillo del Morro, en San Juan, supe que mi palabra, como la de mi pueblo, como la de tantos hombres y mujeres y pueblos del mundo, se construiría cuestionando, luchando, rompiendo los pasaportes que nos había reservado y a veces impuesto la historia. Así supe que con solo ser puertorriqueño podía ser griego; que la tragedia que nos había formado no era menor a ninguna. Así ese mar dejó de ser un desierto y fue a la vez el de Odiseo y el de los arahuacos que desde la costa de Venezuela circularon en dos direcciones, hacia el norte y hacia el sur, poblando el Caribe y Sudamérica hasta Brasil y Paraguay. De alguna manera, las palabras y sus sombras nos habían permitido sobrevivir y nos hacían posible el viaje a cualquier tiempo y a cualquier lugar, a pesar de las tempestades y los naufragios de nuestra historia.

Y así he llegado aquí, ante ustedes. Vengo de Puerto Rico, frontera extrema de América latina, el único país latinoamericano conquistado dos veces. El país al que la administración colonial española le negó la imprenta hasta comienzos del siglo XIX, al que no le permitió crear una universidad por más de cuatro siglos, al que entregó como botín de guerra, como si fuera una hacienda o un cargamento de azúcar, a su nuevo dominador. Soy de ese lugar que acaso vivió la globalización antes que cualquier otra sociedad, aún antes de que existiera el término y el conocimiento, tanto de sus consecuencias como también de las formas de oponerla. Soy de un país que resistió solo, por la fuerza de su propia cultura, a las imposiciones imperiales del país que domina y seduce desde el comienzo del siglo XX. Soy de la sociedad que tiene al preso político que lleva más años en una cárcel en toda la historia de las Américas, acusado de haber conspirado sediciosamente contra un país al que no pertenece. Oscar López Rivera lleva 32 años en prisión. Su libertad está al alcance de una sola mano de un solo hombre. Se consigue con una firma humanitaria. Con una firma que será digna para todas las partes. Pertenezco a una larga lista de escritores marginados, cuando no ninguneados, por el peso de un gentilicio que difícilmente se asocia a la grandeza y la victoria. Brillantes artistas cuya luz fue consumida por el aislamiento y la debilidad de las instituciones culturales puertorriqueñas, víctimas de nuestra incapacidad de auto representación y, a veces también, de auto respeto. Digo aquí, como un murmullo, como un sonido llegado más allá de los mares, como reivindicación y acto de justicia, tres nombres que representan a una legión. Que estos muertos homenajeen a tantos vivos: Manuel Ramos Otero, José María Lima, Víctor Fragoso. Vengo y regresaré a una sociedad perpetuamente amenazada de muerte por sus fantasmas, por sus terrores, por sus cobardías. Pero estoy aquí con todos mis muertos y todos mis compatriotas.

En un momento único como este, recuerdo y reivindico las voluntades de la palabra, las posibilidades enormes de la literatura. El escritor marca la superficie del mundo con el paso de su sombra. El texto, contrario a las apariencias, es una forma efímera. En la “Canción de Xaxubutawaxugi”, uno de los últimos Aché Guayaki del Paraguay, dice su autor ante una noche en la selva equivalente a observar el horizonte desde una muralla de San Juan. Los versos son de una casi insoportable belleza:

Yo mismo
solo y sin nadie en el mundo
tengo ya el hermoso hoy.

Los hombres y las mujeres que ejercen cierta práctica de la escritura pueden comprender el abismo salvador presente en estas palabras. Luego de escucharlas, la noche no será ya la misma por haber conquistado la plenitud de su momento: el “hermoso hoy”. Ningún pasaporte, ninguna ley imperial, ninguna de las incapacidades históricas de nuestra nación, puede destruir o silenciar completamente lo que generaciones de hombres y mujeres han descubierto frente al océano que los separa y los reúne, en las palabras que han reunido cercados por el mar y por la historia.

En la pobreza que me compone tengo ya al “hermoso hoy”. Agradezco profundamente que sea aquí en Venezuela, donde quizá por primera vez en mi vida, haya sacado del bolsillo mi verdadero pasaporte, aquel en que ninguna de sus palabras me niega o me condena. Por fin, luego de leer mis datos opacos y turbios ninguna autoridad me detiene. Así, como los antiguos nautas del Caribe, viajo hacia el norte y hacia el sur, del Mar de las Antillas a la costa venezolana y más allá. Voy y a la vez regreso y ya no sé exactamente lo que significan los puntos cardinales, las islas o los continentes, porque esta noche mi pasaporte ya no es una equivocación o una decisión tomada por un extraño, una agenda inconclusa, una incapacidad histórica o un cúmulo de renuncias, sino una forma en que generaciones de puertorriqueños se han enfrentado a las violencias de su historia, al vacío del océano, a su dolor, a su lucha, al fracaso y han formulado así palabras que se unen a las voces de todos aquellos que se han enfrentado en cualquier tiempo y lugar con los límites de sus cuerpos y sus sociedades.

Pronto volveré a San Juan. Iré a la muralla y encontraré de nuevo el océano. Haré como Xaxubutawaxugi en la noche de la selva. Recordaré la valentía y la dignidad de la palabra. Entonces volveré a sentir más allá del océano, más allá de la historia, el “hermoso hoy”. (delmangle.blogspot.com)