19 nov. 2013

Chile por Oscar: la vida es eterna en 32 minutos

Por Christian Ibarra

Era viernes, el domingo habría elecciones presidenciales, y un retén de la policía nos esperaba frente a la embajada estadounidense en Santiago. Nosotros éramos seis. Los policías rondaban la misma cifra. Tuvimos que explicarles. Hablarles de ese señor canoso, calvo ya, de nombre Oscar López Rivera. Explicarles, también, de dónde veníamos nosotros, puertorriqueños todos, y por qué llevábamos en la boca el nombre de Oscar.


Había que explicarles. Responder las preguntas de Carmelo, guardia de seguridad, pero de la embajada estadounidense. Carmelo es de Santurce. Y vive acá. Su acento es una mezcla. Después preguntará si todavía suena como santurcino al hablar. Y yo le mentiré y le diré que sí, que suena muy santurcino. Y él sonreirá. Antes ese hombre de ojos vidriosos me ofreció llenar con agua la botella vacía que llevaba en la mano. A Carmelo le gusta el boxeo. Hablaremos de boxeo. Pero eso al final.

Los policías entendieron. Y leyeron en silencio los flyers que les pasamos a la sombra de un árbol. Nos hablaron de un periodo especial de cuarenta y ocho horas en ciertos lugares, de restricciones debido al periodo eleccionario, y entonces no hubo más remedio que negociar:

¿Dos horas? No, menos. ¿Una hora? No, tampoco. ¿Treinta minutos? No, más. ¿Treinta y dos? Está bien. Treinta y dos.

Si la vida es eterna en cinco minutos, como cantaba Víctor, en treinta y dos habría que imaginar lo que será. En treinta y dos años, quiero decir; los mismos que un país se ha perdido la suerte de contar con la presencia de Oscar. De tenerlo como a uno más entre nosotros.

Los policías conversaban por lo bajo y discutían el papel que tenían entre manos. Adelante algunos ciclistas volteaban hacia atrás, nuestra bandera ondulaba contra el viento, hubo bocinazos, otros recogían con sorpresa los flyers que Vicente les entregaba parado en puntillas. Vicente tiene cinco años. El brazo extendido de Vicente es, en cierto modo, el resumen más exacto de la pasada tarde en Santiago.

Treinta y dos minutos.

El tiempo acaba y los policías se mantienen cerca del árbol, respetuosos. Carmelo se acerca. Carmelo es el único que se acerca. Quisiera decirle un par de cosas. Que sí, que está bien, que nos vamos. Pero el hombre de ojos vidriosos viene a donde mí y hablamos sobre boxeo. Carmelo recuerda a Tito Trinidad, y viaja más atrás,  a las peleas de Wilfredo Gómez, al lío con Johana Rosaly. Discutimos la pegada de Salvador Sánchez.

Crecer en una cárcel, en una isla, quisiera decirle a Carmelo, es un poco esto, saber que al de al lado se lo necesita como algo elemental. Que negarlo es inútil. Que ciertos hombres y mujeres son la mejor casa o refugio que nos brinda la especie. Que eso, y no otra cosa, es en el fondo un hogar.

Bajo el mismo sol, rebotado en los cristales de un edificio, la tarde resplandece como dándonos la razón, como diciendo que Oscar tiene derecho al calor de esa otra cárcel que desde siempre ha sido nuestra isla. (80grados)

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