2 jun. 2013

El sueño encarcelado

Por Ana Lydia Vega

Una celda enclavada en una plaza pública es un escenario insólito. Una fila continua de gente ocupando esa celda durante veinticuatro horas corridas es un acontecimiento memorable. Así, insólita y memorable, fue la dramática manifestación del miércoles pasado conmemorando los treinta y dos años de prisión que han consumido casi la mitad de la vida de Oscar López Rivera.

Conmovedor e indignante como en efecto lo es, el destino de Oscar no es el de un solo hombre. El impacto emotivo de la actividad obliga a una reflexión retrospectiva. Desde los compontes españoles de El Morro en el siglo diecinueve hasta el suplicio contemporáneo de los independentistas en los calabozos de Estados Unidos, la persecución y el aniquilamiento de la disidencia han sido constantes trágicas de nuestra historia.

La sombra de la censura es el telón de fondo sobre el cual se proyecta la biografía puertorriqueña. Y sigue siendo todavía la contraparte oscura de la apatía y la componenda. Silenciada, tapada, dolorosamente inconfesa, la presencia de los presos boricuas en las celdas frías de otra tierra evade la luz de la memoria como un incómodo secreto de familia.

El caso más elocuente es el de Pedro Albizu Campos: encerrado, exiliado, torturado, lenta y solapadamente asesinado por el terrorismo estatal americano.

Cuando nací, ya Albizu llevaba casi una década en Atlanta. Regresaría en l947 desafiando la dictadura del tiempo con aquella declaración inolvidable: “Yo nunca he estado ausente”. Dos veces más volvería a la cárcel, esta vez en su propio país, para finalmente morir en un hospital, su cuerpo devastado por el martirio.

Las primeras noticias que tuve de Albizu eran inquietantes. Su nombre se mencionaba poco y siempre con una especie de temor reverente. La niña curiosa que era yo preguntaba. Entonces, me explicaban que era un loco violento que quiso acabar a tiros con nuestra felicidad libreasociada. Nadie le negaba brillantez. La admitían con un suspiro hondo, como quien advierte lo peligrosa que puede resultar para la paz social la demasiada inteligencia.

Por miedo o ignorancia, no se decía ni pío del contexto brutalmente represivo que había enmarcado el estallido patriota. Tampoco se hablaba de la Ley de Mordaza que a tantos ciudadanos puso tras las rejas en arresto “preventivo”. Pero la figura indoblegable de Albizu seguía inspirando hazañas revolucionarias.

En 1950, Oscar Collazo perdió su libertad por veintinueve años tras el fallido atentado de Blair House que dejó muerto a Griselio Torresola. En 1954, le siguieron Lolita Lebrón, Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero por el ataque al Congreso estadounidense.

Cuando tuve edad para pensar con mente propia, busqué respuestas en los versos de los poetas que compartieron cárcel con Albizu: Juan Antonio Corretjer, Clemente Soto Vélez y Francisco Matos Paoli.

El delito del último fue haber pronunciado cuatro discursos “incendiarios” en plazas de la isla. Su “Canto de la locura”, el magistral poema que plasma la angustia inenarrable de la experiencia carcelaria, abre con la aparición del “enorme quetzal de la nada”, pájaro esplendoroso de los bosques sentenciado al eterno vacío de una jaula.

Uno de los momentos más estremecedores de mi juventud fue el regreso, en 1979, de los cinco nacionalistas presos. Vestida de negro, impecable como cuando subió la escalinata del Capitolio aquel primero de marzo, Lolita Lebrón dio un saludo que le arrancó lágrimas al más cínico. Tras veinticinco años de destierro, dijo con admirable parquedad: “Hemos cumplido con nuestra jornada”.

Entre tanto, el relevo ya estaba en marcha. Las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional y Los Macheteros reanudaron la tradición albizuísta de la ofensiva armada contra el colonialismo. Las cárceles volvieron a llenarse de jóvenes dispuestos al sacrificio máximo por un país que algunos apenas conocían. Entre ellos había pintores y escritores. Imagen y palabra son armas invencibles para burlar barreras y barrotes.

Depuestas las banderías tribales por un día, el “performance” de protesta ha dado paso a un inesperado consenso solidario. Sin duda alguna, la liberación de Oscar López es una gran causa de derechos humanos. Pero no es posible esquivar la certeza de que también es asunto de justicia histórica.

Discretamente, serenamente, va emergiendo una verdad muy íntima. Los prisioneros políticos de ayer y de hoy no son sólo el penoso recordatorio de un conflicto irresuelto.

Por encima del viciado debate del estatus, ellos encarnan el sueño que en vano se ha intentado relegar al olvido. Un sueño cautivo que, contra toda expectativa y toda adversidad, respira, palpita. Permanece.

La autora es escritora puertorriqueña.

(Fuente: El Nuevo Día)

Foto: Eduardo Rivera Págán/MINH

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