28 feb. 2013

Cadáver insepulto


Por Jorge María Ruscalleda Bercedóniz/Especial para CLARIDAD

El Estado Libre Asociado de Puerto Rico es un cadáver insepulto. Los personeros de la oficialidad –rojos y azules–, andan con sus restos a cuestas, como Juana la Loca, con los despojos de Felipe el Hermoso. Se trata de una misma ganga de logreros, que succionan sus últimas gotas de sangre. Parisean, como Dráculas en un festival de víctimas en Transilvania. Los de una y otra tribu festejan. Son los descendientes de la vieja oligarquía insular. De ahí, que gocen el privilegio de apuntar a sus críos en La Fortaleza, a la hora de los nacimientos. Los vástagos de los hijos de vecino deben tramitarse en el Registro Demográfico.

A fuerza de exprimir las arcas públicas, “la costra parasitaria” ha tenido a su cargo armar y desarmar el “muñeco de paja”, bautizado por Luis Muñoz Marín, en los mejores tiempos del pepedeísmo emergente. Después de la defunción del líder neto, auténtico y completo de la revolución puertorriqueña, apenas uno de los sucesores disfrutó de alguna aureola de dignidad. Los próximos afortunados fueron, progresivamente, en picada, dentro de los parámetros de la busconería politiquera.

Bajo la dirección y la ceguera del Rey del Cemento, se liquidó el sistema de méritos, para el reclutamiento de personal, en el gobierno de nuestro País. Éste, había venido funcionado, con relativa justeza, por décadas. A partir de ello, nos retrotrajo al arcaico sistema republicano del patronazgo partidista, a base de suministrar papelitos o escribir con tintas en colores -según fueran adeptos o adversarios-, con las “recomendaciones” de sus caciques municipales y regionales, encarnados por los alcaldes soplapotes y los legisladores malamañosos.

Toda la construcción de las vías públicas, bajo su mandato, las hizo con el Cemento Ponce de su compañía. A esto, hay que agregar que, los terrenos de las autopistas -y otras construcciones-, los adquirieron los enterados allegados suyos, a precio de carne podrida, para vendérselos a su Administración, con las millonarias ganancias que se embolsicaban “el viejito buena gente” y su clan familiar.

La brutal represión y persecución política del gago barroso, fue otra etapa desprendida del hostigamiento de los tiránicos cónsules yanquis -surgidos de la Dictadura Militar, establecida a raíz de la Invasión de 1898-, que continuaba la horrenda práctica macartista instituida, en la Isla, por el Vate Niuyorrican, carcelero de Pedro Albizu Campos y “chofer del whisky norteamericano.” La culminación de aquel régimen PNP, fue la ejecución de los jóvenes patriotas Arnaldo Darío Rosado y Carlos Enrique Soto Arriví, ordenada personalmente por el Asesino del Cerro Maravilla de Villalba, con la anuencia, complicidad y participación de las autoridades federales de la Isla.
El ponceño Conde de la Quenepa profundizó el entreguismo vergonzoso y la intolerancia con la prensa, en sus últimos años de incumbencia gubernamental. Fracasadas sus tesis fatulas, se catapultó al Everest de las posturas colonialistas. Y, fuera ya del activismo tribal, traicionó a sus correligionarios y se alió con el Asesino, reclamando privilegios personales y familiares.
Siguió el desparpajo cínico del hijo del loquero, que acrecentó la crisis del entreguismo de los bienes públicos al Capital. Adoptó, servilmente, las monsergas neoliberales y respaldó el superimperialismo mundial, que Frei Betto califica como “globocolonialismo”, por la imposición de la cultura yanqui en el Planeta.

Su adoración a la empresa privada y al Capitalismo –con una enorme dosis de codicia personal–, lo llevaron a “regalar” los hospitales públicos de toda la Isla. Liquidó uno de los más significativos haberes del País. Lo “donó” a los intereses de sus colegas médicos y a las corporaciones de los amigos ventajeros.

Asimismo, dispuso, a precio de quemazón, de la Compañía de Teléfonos. La excusa fue rescatar valiosas entidades gubernamentales en S. O. S., con premura de auxilio económico. A la postre, traspasó dicha corporación a los cachanchanes del avaricioso inversionismo despojador. Nadie, en su sano juicio, puede creer que cedió “graciosamente” esos bienes para el exclusivo lucro ajeno.

Las estructuras gravemente necesitadas de fondos económicos, continuaron, progresivamente, en avanzado deterioro fiscal. A la par, los dineros destinados a aquellos rescates, desaparecieron, sin que nunca haya habido un desglose público del uso que recibieron los millones adquiridos en la transacción de compraventa efectuada supuestamente para los bienamados fines expuestos.

Por otra parte, la inconsecuente presencia de la doña en la gobernación, tuvo el efecto cardinal de ahondar la ya abultada deuda pública. Se recuerda su propósito de auxiliar a lo que llamaba las “comunidades especiales” -otra vez el eufemismo colonial-, que no son otra cosa que los arrabales de los sectores empobrecidos por la voracidad explotadora del insaciable engranaje capitalista de Yanquilandia en el País.

La asignación de mil millones (un billón) de dólares, para ese propósito, es una cantidad totalmente inmoral, para justificar los pocos resultados cosechados -en un encomiable proyecto-, que no ha tenido mayores consecuencias, en los sectores pauperizados que pretendía atender.  Por el contrario, es una desvergüenza, ante los mínimos efectos que tuvo esa gigantesca cantidad. Con mucho menos presupuesto, otros países de nuestro medio -con todas las dificultades y la corrupción que puedan tener- han hecho más por la justicia social de sus pueblos.

Ello no la exime de su conservadorismo asqueante y de su pitiyanquismo proverbial, que se resume en la continua expresión de que “atesora” la ciudadanía norteamericana. Su detestable clasismo de aire acondicionado, fue insoportable, en los cuatro años que “lindamente” fungió como gobernadora, regañando desde el Olimpo inmaculado de La Fortaleza. Llegado el momento, y reconociendo la intrascendencia de su gestión, se fue sin pena ni gloria de la vida pública.

El caso del cara de pendejo -pisa suave y jode fuerte-, botó la bola y rompió el bate. Representa el perfecto embustero patológico. Con su fundamentalismo de rompe y rasga, embistió contra el andamiaje colonial. Su meta fue la implosión del ELA, ideado por los amos yanquis y maquillado por el Poet in the Fortress. Las corporaciones y las privatizaciones sirvieron para “clavarse” las “parias” del Estado, en el que no creía, pero que era el lechoncito chupado, que esquilmaba.
Él y su agrupación anexionista de delincuencia ininterrumpida, asaltaron todos los rincones del Gobierno. Se lamieron hasta los huesos, el cordero yacente sobre el Libro, bajo el auspicio de las organizaciones de bases de fe, que alcahueteaban las razzias económicas, porque “el tiburón se moja, pero salpica”.

Mientras tanto, la fiscalía federal y el FBI de la calle Chardón -hostigadores, por cuatro años, del mandatario compartido y protectores de los verdaderos capos-, se entretuvieron arrestando a los médicos tragaldabas que trafican con xanax y percocet; a los sicarios del bajo mundo y a los delincuentes comunes. Viven en la burbuja impenetrable de la enajenación feliz, cómplices del mequetrefe del saqueo cuatrienial. Éste, sin duda, le puso el “pomo al pote”, como dice la mafia de sus amigos de la sauasera.

Por eso es que Puerto Rico está en quiebra. Azules y rojos son responsables de la debacle económica. Hacienda está bruja. Educación está pelada y bajo inspección imperial. Obras Públicas luce más mondada que las rodillas de un cabro. Servicios Sociales pide limosnas. La Autoridad de los Puertos quiere vender el revólver para comprar balas. A la Universidad de Puerto Rico, por dolo, la incluyeron en la lista de las instituciones delincuentes, como a los fugitivos que cuelgan en los correos. La Autoridad de Acueductos bota el 60 % del agua que procesa y ya ha amenazado, a su clientela cautiva con aumentar las tarifas próximamente. La Autoridad de Energía Eléctrica está al borde del precipicio fiscal, y ya decidió pasarles la factura, a todos los enchufados al monopolio, a razón de un 15 %, durante ¿varios meses?, por la politiquería de sus directivos, ejercida desde sus curules espléndidamente remuneradas. La Policía anda con los fondillos remendados. El Centro Médico y las demás entidades de la salud, que aún están en manos públicas, no han expirado por falta de un catre. Los Sistemas de Retiro están boqueando. Más de la mitad de los municipios, pide cacao, ante la imposibilidad de honrar las nóminas mensuales. Al dadivoso Banco Gubernamental de Fomento, los bonistas asaltantes del Capitalismo, ya no le creen ni el Ave María.

Ésa es la condición en que el PNP entregó la mayordomía de la Colonia a Agapito. Quien tenga dudas, que consulte a los economistas decentes del País.

En tanto, Alejandro García Padilla se empecina en “no mirar para atrás”. Por el contrario, ha desnudado públicamente su complicidad con los asaltantes de los fondos públicos, quienes se premiaron, además, con suculentos “bonos de productividad”, por dejar, en la prángana, las instituciones en las que medraron.

A la par, el hipócrita mandamás del Cenado -así, con C, no con S-, con su cohorte de alzacolas, festeja, con champán, hasta el amanecer, a razón de miles de dólares. Por el otro lado, el vaselinoso dirigente de los buscones fraternales de la Cama -Cama y no Cámara- Baja, se deshace en la baba, con la que se burla de quienes le creyeron sus promesas perjuradas de la reforma legislativa.

Agapito, «¡Que siga la fiesta; /sí, señor; /que siga la fiesta; /cómo no! /¡Cógelo con calma, /no te agites mucho!»

No hay comentarios:

Publicar un comentario