18 sept. 2012

Necesitamos una revolución pacífica


Por Noel Colón Martínez / MINH

En poco menos de cincuenta días Puerto Rico se aboca a una de sus elecciones generales verdaderamente importantes. Un proceso similar está ocurriendo en Estados Unidos. La derecha política parece que habrá de fracasar en ambos lugares lo que producirá alguna tranquilidad a los inmediatistas que sólo atienden el beneficio o perjuicio que puedan recibir, a corto plazo, con la victoria o derrota de uno u otro sector. Una victoria de los nuevos Republicanos en Estados Unidos no augura nada bueno para nuestro país por sus compromisos abiertos con los ricos y poderosos de esa nación y su total indiferencia con las necesidades de los sectores que necesitan protección social urgente.

La derrota de Fortuño, a manos de quien sea, traerá cierto alivio a los que han sido reprimidos, abusados, engañados y empobrecidos durante estos aciagos cuatro años. La esperanza de que una nueva administración provea un cambio sensible a la actual situación general de deterioro que sufre el país es una vaga ilusión no importa quien gane, por los márgenes que sean. Los que más probabilidades tengan de heredar el poder público como consecuencia del repudio a la actual administración no pueden ponerse a soñar con grandes cambios. El daño acumulativo que los partidos tradicionales le han producido al país no se repara con el advenimiento al poder de algún partido cómplice del desmadre actual. Sólo una verdadera revolución pacífica de profundas consecuencias políticas puede poner al país sobre nuevos rumbos de seguridad y de libertad.

Decir que no hay alguna evidencia de que esa revolución pacífica se perfila como posible sería desconocer la capacidad de los pueblos para sacudirse sus yugos. Los resultados del referéndum del 19 de agosto, con un pueblo entero dándole la espalda a su más alto liderato político, enviaron señales de ruptura entre la clase política y el pueblo. De esas rupturas se nutren las revoluciones pacíficas. Ahora, el 6 de noviembre, se le pedirá al pueblo que diga si quiere continuar con esta asquerosa relación política que todos los días se torna más inconveniente y onerosa para nuestro país o si prefiere cambiar y optar por soluciones que ya Estados Unidos ha rechazado, en ocasiones a sangre y fuego (Ponce 1937- Maravilla 1978). Soluciones que, como la estadidad, ha sido repudiada en múltiples ocasiones como ocurrió con la legislación propuesta por el proyecto Johnston en los años noventa. En el caso de un estado libre asociado soberano se nos olvida que la antigua resolución conjunta de Cámara y Senado del año 62 de lo que se trataba era de lograr un estado libre asociado soberano. Los insultos y agravios a Luis Muñoz Marín en el Congreso de Estados Unidos (1963) fueron tan manifiestos que lo obligaron a renunciar a continuar en la gobernación a pesar de que conservaba todavía un gran apoyo popular.

Los que no acudamos a sancionar esa convocatoria indigna el día 6 de noviembre estamos meramente respondiendo a reclamos de respeto por nuestro país. Los que crean de buena fe que tiene algún mérito decirle al americano que no queremos la colonia cuando ya está terminando el proceso internacional de descolonización o peor aún, decirle que sí nos gusta lo que tenemos, están incurriendo en actos necios, inútiles, innecesarios, ofensivos a nuestra dignidad y por razones electoreras del más bajo nivel. La verdad es que a pesar de lo que quieran decir los que no han seguido la política nuestra durante los últimos 60 años, el PPD, en otros momentos de su historia, realizó grandes esfuerzos por arañar el problema del colonialismo con el fin de arrancarle a Estados Unidos alguna migaja de mayores libertades. Frente a cada petición de libertades Estados Unidos le llenaba la boca de comida o de pequeñas concesiones y así se turbaron los líderes Populares y supeditaron la libertad por dependencia y concesiones y por ahí andan todavía. Pero por ahí no anda su electorado.

En este momento el PPD luce totalmente desideologizado, hablan de Asamblea Constitucional de Estatus pero esa propuesta parece una caja de Pandora porque no parece haber consenso interno sobre su contenido real ni parece haber voluntad para enfrentar las diferencias posibles en un clima de respeto por la diversidad de opiniones. Todo esto se agrava porque aún algunas nuevas corrientes políticas funcionando como partidos entienden que sólo deben atenderse los problemas inmediatos y no entrar en ese “escabroso tema” del estatus político. Tanto el PPR como el PPT han decidido, por razones distintas, no hacer del estatus un tema de discusión en medio de un llamado plebiscito. Creo que ambos partidos omiten realizar una labor de educación política indispensable, aun cuando meramente se trate de darle al electorado una explicación razonable de su renuencia a hacerlo.

Estoy convencido de que el problema fundamental del cual se derivan los otros problemas sociales, económicos, políticos y culturales tiene su origen en la ausencia de libertades políticas que cada día se acentúan en nuestro país. Cada día se profundiza aún más el carácter colonial de nuestra relación política. Esa situación debe ser enfrentada con reclamos de libre determinación y con la oferta de mecanismos conducentes a lograr esos procesos de libre determinación o sea mecanismos para salir de la relación colonial como un reclamo o iniciativa de país, como iniciativa y reclamos de nación. Esa convicción no la vemos ni en el PPR ni en PPT. La vemos en el MUS y la vemos, como hemos apuntado, opaca y difusa en el PPD y la vemos claramente manifestada en el PNP por razones más bien tradicionales. El Movimiento Unión Soberanista tiene un serio compromiso con la descolonización del país, con la soberanía y con el mecanismo de la Asamblea Constitucional de Estatus. Por lo que vengo escribiendo se entenderá que no logro comprender la estrategia política del PIP en el presente proceso, sobre todo creyendo, como creo, que es un partido totalmente comprometido con la lucha por nuestra independencia nacional.

La Conferencia del Atlántico, con la participación de Roosevelt y Churchill produjo en agosto de 1941 la Carta del Atlántico, precursora del proceso que culminó con la Carta de la Organización de Naciones Unidas de 1945. Ambos intentaban consensuar valores comunes que pusieran término a las guerras ocasionadas por la tendencia al engrandecimiento territorial al cual decían renunciar. Dos de los asuntos más importantes acordados se referían a lo que he estado tratando de trasmitir. Dijeron ellos entonces que había que fomentar la libre determinación de los pueblos y que estos pueblos debían lograr igual acceso al comercio y las materias primas necesarias. Se comprometían a fortalecer y apoyar la organización que estaba por crearse. Esa organización (ONU) en su organismo aplicable a nosotros le ha pedido en 30 ocasiones a Estados Unidos respeto a nuestra libre determinación como nación caribeña y latinoamericana. En treinta ocasiones Estados Unidos ha desatendido el reclamo de Naciones Unidas. Es preocupante que uno de los factores importantes para esa indiferencia norteamericana ha sido nuestra incapacidad para contribuir a fortalecer esa demanda tan justa. Atendiéndola, más de un centenar de territorios han advenido a la independencia y se han incorporado a una comunidad de naciones logrando todo tipo de relaciones de interdependencia, en atención a sus particulares necesidades.

Frente a los retos extraordinarios a los que se enfrenta Puerto Rico ya las viejas fórmulas de relación colonial no funcionan. Es necesario apoyar las fuerzas que verdaderamente rechazan lo existente pero no para ejercicios inútiles de caseta de año electoral, sin efectos vinculantes ni esperanzas de que Estados Unidos esté capacitado, inclinado o interesado en atender en estos momentos otros asuntos que no sean sus urgentes y gravísimos problemas nacionales.

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